lunes, 9 de abril de 2012


 
                         SHAKESPEARE EN PEQUEÑO TEATRO


Una ciudad fundada en 1675 y no tener en su acerbo una sola producción de una siquiera de las obras del Cisne del Avon, es un poco más que lamentable: es una calamidad brutal.
Si el desconocimiento del Dios de los católicos llevó a los padres de la iglesia a calificar de infieles a los aborígenes de estas tierras y a emprender campañas evangelizadoras e inquisiciones para cambiar los dulces dioses paganos por el terrible Supremo, ¿cómo no se les ocurrió a nuestros antecesores parnasianos hacer de Shakespeare el testigo de la barbarie y brutalidad de nuestra conquista, el narrador de las epopeyas libertarias, el comediante de las interminables patrias bobas, el trágico dramaturgo de esta tragicómica historia que ha sido Colombia?
Tuvo que llegar el año 79 del siglo XX, 304 años después de la fundación de la Villa de San Lorenzo de Aná para que arribara el poeta inglés  a la escena medellinita. ¡Un viaje demasiado largo! Y llega de la mano de una tropa de jóvenes imberbes, algunos de ellos sin noticia alguna del bardo isabelino. Y emprendimos la lectura de las obras completas: 2.209 páginas de la edición de Aguilar, para un grupo que apenas si tenía noticia de la existencia del teatro, con una precaria formación intelectual y sin  un recuerdo escénico de un solo montaje de una de las obras de Shakespeare. Esta ya era una tarea gigantesca y un paso adelante en el teatro de nuestra ciudad y la cumplimos con la dedicación de la pasión juvenil. Así como cuando años antes, en el grupo universitario de La Brigada de Teatro, en el montaje de La Madre de Brecht nos habíamos sumergido hasta el cansancio en la historia de Rusia , en la historia del PCUS, en los interminables debates de leninistas, troskistas, anarquistas,  socialdemócratas de la II y III Internacionales Comunistas, así ahora con Shakespeare nos su- míamos en La Guerra de las Dos Rosas; las casas  de York y de Lancaster se nos fueron volviendo familiares y las genealogías de Juanes, Ricardos, Eduardos y Enriques y sus bárbaras proezas se nos convirtieron en tema diario de las conversaciones del grupo. Y las comedias y las tragedias y las griegas y las romanas se nos presentaban como un material infinito de estudio sobre el hombre, sobre la sociedad, sobre el teatro.
Shakespeare, el creador del universo, nos llevaba de la mano en esta, nuestra primera incursión seria en el insondable teatro. ¡Qué mundo inmenso el que se nos abría  con la obra de Shakespeare!
Inundaban nuestras mesas de trabajo y de noche textos sobre la obra, la vida, la época del poeta, así como análisis de sus obras, memorias de montajes de actores y directores. Materiales gráficos fueron llenando carpetas y paredes de la sede de Pequeño Teatro.
La Sede: Un decir, pues en realidad era un tugurio con un lote enmontado, lleno de escombros, de rila de gallina, de basura, heredados de los múltiples usos que nos antecedieron en lo que ahora pomposamente llamábamos La Sede. En lo que podíamos llamar la parte techada llovía más que en el patio y el patio entraba a la parte cubierta, pues no había pared que lo separara. Para ser franco, lo que teníamos era una acera a medio techar en el centro de una escombrera cubierta de malezas y localizada en Villahermosa, un barrio popular, al frente del bar El Silencio, refugio de reducidores, ladronzuelos y malandros que bebían y jugaban a las cartas desde el amanecer hasta el amanecer, atendidos por un gigante de cuento infantil que montaba una Harley, y que nos atendía y nos cuidaba como a niños de esa horda de bacanes, que con el tiempo se hicieron nuestros amigos y que nos cuidaron de los otros peores del barrio.
Habíamos llegado a aquel patrimonio arquitectónico para convertirlo en nuestra sede después  de pasarnos meses leyendo la Guía del Hogar, los clasificados del periódico El Colombiano, y visitando cuanta ilusión éramos capaces de crear. Era tan exiguo nuestro presupuesto que no alcanzaba para alquilar el más mísero local en oferta en toda la ciudad, y cuando encontrábamos algo: un grupo de teatro no era persona fiable y menos alguno de sus integrantes, entre todos no reuníamos un salario mínimo mensual que debía estar por aquellas calendas en los $1.200, y menos conseguir entre todos los amigos del teatro algún fiador con propiedad raíz. Una radiografía financiera del teatro que nos aseguraba un futuro promisorio.
Mientras esperábamos el milagro de encontrar algo para la sede seguíamos ensayando en mi apartamento en Guayaquil, un hermoso apartamento en el edificio de Confortativo Salomón (sic) en Junín con Maturín, en pleno corazón de un convulsionado barrio del centro de la ciudad. Hasta Shakespeare hubiera envidiado aquel lugar, rodeado de bailarines de salsa, artesanos, comerciantes menores, reducidores, vendedores callejeros y puticas, para allí construir su Globo.
Y el milagro se hizo.  Un día apareció en La Guía del Hogar este clasificado: Se alquila casa lote en Villahermosa, calle 66 #40- 44. Eduardo y yo corrimos con el presentimiento de que ese era nuestro lugar, el que tanto habíamos anhelado. Y ese era. Cuando apresurados llegamos a la agencia de arrendamientos a discutir los términos del negocio, nos encontramos con un viejito negociante en joyas, famoso en la ciudad porque había estado involucrado en un millonario robo a la joyería Aguamarina, años atrás. Nos recibió amablemente y mientras terminaba su conversación telefónica, husmeábamos en el escritorio en busca de alguna señal que nos diera ventajas en la negociación. Y sí, la encontramos: una vieja edición de las obras completas de Shakespeare abierta en la página 1.587. Eduardo recibió el permiso de don Jaime, que continuaba al teléfono y me leyó en voz baja: “Si con hacerlo quedara hecho… Lo mejor, sería hacerlo sin tardanza.”  
Cuando don Jaime se enteró que el negocio era con unos actores y con un grupo de teatro, al contrario de lo que siempre había sucedido, se alegró y ya no se habló más de canon de arrendamiento, ni de fiadores, ni nada sobre el negocio. El viejo libro de Shakespeare pasó de mano en mano, y leyendo apartes de sus obras se cerró el negocio de arrendamiento.
A diferencia de lo que le pasa a todos aquellos que pagan arrendamiento, nosotros no veíamos la hora de que llegaran los primeros días del mes para cumplir nuestra cita con don Jaime, doña Raquel (su esposa) y don William Shakespeare, que transfigurado en la vieja edición de Aguilar fungía como nuestro codeudor y fiador de la casa lote que sería nuestra sede por algunos años. Y allí, 363 años después de su muerte recibiríamos su legado y su respaldo para el montaje de Macbeth, primera obra de Shakespeare que se haría en Medellín.
Proyecto macrocefálico, dijo Alberto Aguirre, de nuestra propuesta de montar Macbeth, con cierto tufillo de desalentar nuestra empresa. En Medellín, el teatro ha sido mirado como un arte menor y con desprecio por los círculos intelectuales. La gran mayoría de los iniciados de la ciudad se han negado por años a aceptar la existencia del teatro y a asistir siquiera a una de las tantas funciones que se han realizado en estos treinta y muchos años que ahora recuerdo. Justo reconocimiento a los pocos, que rompiendo sus prejuicios han aceptado el hecho teatral, confieso que lo haré en su momento.
No es el miedo o el temor al fracaso o al ridículo el consejero de un aventurero. La osadía de la juventud, mezclada con la pasión y la disciplina abren caminos negados por el pavor a lo desconocido y nos lanzamos al vacío, desatendiendo los atinados recados de algunos ilustres amigos.
Había regresado de mi primer viaje a Europa con la certeza de la necesidad de emprender “proyectos macrocefálicos”. Haber visto la Royal Shakespeare de Peter Brook, de Peter Hall, de Trevor Nunn en Londres y en Stradford- upon- Avon ; la Comedie de Monseur La Salle en París; el Piccolo Teatro de Milán de Giorgio Strelher con su maravilloso “Arlequino Servidor de dos Señores” de Carlo Goldoni en el Odeón de París; La Cantante Calva de Ionesco en un teatrico minúsculo en el Barrio Latino, haber visto esto  y más y haber recorrido una Europa deslumbrante pesaban mucho más que los sesudos comentarios desalentadores que  escuchábamos a nuestro alrededor.
Y sin mediar palabra, emprendimos el camino hacia el conocimiento, que por siglos se nos había negado, confiando sólo en el azar, en el clima y en don William Shakespeare: en el azar porque no teníamos ni la más remota idea a dónde íbamos a llegar, en el clima porque si llovía no podíamos ensayar en la casa  lote del cuento y en el poeta porque ya sabíamos que nosotros también éramos de su propia cosecha, cuando entendimos sus últimos versos, “estamos entretejidos en la misma urdimbre de nuestros sueños”. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario