jueves, 12 de abril de 2012








RELATOS DE BARRANQUILLA

Y si así los recuerdo,
así sucedieron para mí.

Ya superada esa primera juventud del teatro universitario, abandonados a nuestra suerte, decidimos lanzarnos al mundo desconocido del teatro. Jóvenes románticos y comunistas (como correspondía a la época), desafiando un medio hostil y carente de los mínimos recur­sos, conocimiento y tradición, nos reunimos bajo la ideología, bajo la política y bajo la necesidad de hacer teatro y con el ímpetu de estas terceras decidimos fundar Pequeño Teatro en enero de 1.975. Aquí hay que hacer un flash back.
Finales de1.971. La crisis del grupo de teatro La Brigada1 originada por la renuncia de nuestro director Jairo Aníbal Niño: La persecución a veces abierta pero la mayoría de las veces soterrada, fue minando la resistencia y el aguante de este contestatario-nihilista metido a maoísta militante: cancelados sus contratos con la Universidad Nacional, con el Liceo Popular de Medellín y con la Alcaldía como represalia a sus posturas políticas, no le quedó más remedio que, en compañía de su esposa, abrir un almacencito de muñecos (que era lo otro único que sabía hacer), pero acató a fundarlo en el peor sitio comercial de la ciudad, lugar por donde no pasaba nadie y a donde sólo íbamos sus amigos a tomar tinto y a hablar de teatro. Esta aventura comercial duró tan poco que no se alcanzó ni a pintar el letrero. Antes de lo pensado Jairo Aníbal Niño estaba en Bogotá con su familia, aprovechando un puesto que una vieja amiga le ofreció para desarrollar planes de recreación infantil; esto marcó al futuro escritor (exitosísimo por lo demás) de Zoro y otros escritos para niños.
Y ahora, abandonados por el director, éramos una recua de huérfanos sin rumbo, sin clari­dad, inmersos en la confusión del final de una época de gran actividad universitaria y en cierta forma anexos a un partido político tan inexperto como nosotros mismos. Este grupo, por lo demás grande, se convirtió en cantera de dirigentes y por ende en objetivo preciado por la dirección de la organización político-cultural a la que pertenecíamos todos los miembros de La Brigada.
En crisis se necesita quien dirija. Pero ¿quién podía hacerlo si todos éramos infantes inex­pertos y ambiciosos? Se desencadenó una lu­cha por el control de la cada vez más men­guada organización; nadie dirigía, nadie orientaba, todos argumentábamos, maquinábamos y buscábamos aliados y amigos por fuera de La Brigada: los unos en el partido político, los otros en organizaciones artísticas amigas, los terceros en directivos sindicales y aún en la dirección nacional del partido. Tiempo de confrontaciones políticas, de medir capacidades organizativas, pero tiempo de no obtener ningún resultado. La dirección nacional del T.A.R. (Trabajadores del Arte Revolucionario que agrupaba a todos los artistas del partido) resolvió liquidar la vieja Brigada, despachar a los conflictivos jóvenes con “la política de los pies descalzos” a ciudades vírgenes de la política maoísta, para que allí “desplieguen todo su ímpetu y conozcan la situación de las masas trabajadoras de obreros y campesinos”, y así fui a dar a la alejada Barranquilla.
A Medellín fue desplazado un “cuadro experi­mentado” para rehacer el frente artístico del partido que había sido prácticamente disuelto. Llegado a Medellín el nuevo director de La Bri­gada, no me quedó sino brindarle homenaje de bienvenida y aceptar la orden perentoria de la Dirección Nacional del T.A.R., que sesionaba en Bogotá.
Quedémonos un rato en Barranquilla a donde me desplazó la Dirección Nacional del T.A.R. sin derecho a repulsa ni a pataleo, como lo habíamos aprendido en los estatutos del par­tido en el capítulo de centralismo-democrá­tico.
¿Cómo dejar a Gabriela, mi novia de mucho tiempo y compañera de universidad, de La Bri­gada, del T.A.R. y del partido, tan apasionada como yo en las lides del teatro y de la política, ahora embara­zada?
Un matrimonio, sin mucha ceremonia. Recoja los regalos, ojalá en efectivo y rumbo a Bogotá a ponerse bajo las ordenes de la organización. Oír sus últimas recomendaciones y continuar lo más pronto para el destino trazado: Ba­rranquilla “La Puerta de Oro de Colombia”.


I

Llegamos a “Curramba la Bella”. Fuimos reci­bidos por esa bonhomía que caracteriza a los costeños: -“Ajá, ¿y entonces qué?” “Ajá y La Flaca está preñada”, y “ajá...”
Nos abrieron  todas las puertas y el doctor Peña, un profesor, escritor y respetadísimo intelectual barranquillero, nos invitó a quedarnos en su casa por unos días mientras resolvíamos lo de nuestra vivienda en esa ciudad. Siempre me acompañará la gratitud con El Profe y su familia, que sufrieron resignadamente a estos pesados huéspedes. En su casa estuvimos más de dos meses. ¿Qué íbamos a entender en aquella edad y con aquella arrogancia militante que éramos intrusos en la vida familiar? Ahora quisiera encontrarme de nuevo con esa familia y ofrecerles mis sinceras disculpas.
Cuando al fin conseguimos una casa en un ba­rrio popular, allí llegaron Patiño, Secretario Regional del MOIR2 y todos sus militantes: Alejandro, un descendiente de nobles italianos graduado en la exclusiva Universidad de los Andes y que todavía a estas alturas no me explico qué fue a buscar a Barranquilla, si no fue su  herencia  en manos de unas tías que vivían en una vieja mansión en el Barrio Prado y que él visitaba asiduamente para recordarles su existencia. Era el único de toda la manada que tenía cama, toalla y que vivía impecablemente vestido de blanco, desde sus calzoncillos “La Primavera” hasta sus alforzadas guayaberas panameñas.  Alejo era también el único culto de aquel hospicio que habíamos fundado en el Barrio San Felipe, a una cuadra de La Cita, el más famoso lugar de salsa de “La Arenosa”.
Los otros especímenes eran más grises, más negros y más extraños que Alejandro. Tal vez por eso o por el embarazo, Gabriela nunca pudo con ellos, hasta llegar a encerrarse en la diminuta habitación que lindaba con el único baño de toda la casa para evitar sus in­cómodas presencias.
Tito, un negro profundo de una profunda al­dea negra había ido a Barranquilla para termi­nar su bachillerato en el Liceo Pestalozzi. Llevó una estera y en el primer rincón de la casa que encontró creó su espacio sin pregun­tarle a nadie y allí se quedó para siempre siempre. El Tito vivía agarrado a trompadas con Aurelio, un chilapo viejo que llevaba veinte años en la universidad tratando de terminar sociología y dirigiendo células obreras de los sindicatos del puerto.
Aurelio dormía en una hamaca que tendía y distendía según su necesidad. A veces repo­saba dos días tirado en su chinchorro, en cal­zoncillos, con unas arrastraderas de plástico, abanicándose con una toalla pequeña, verde confite y repitiendo de memoria el último in­forme del camarada Mosquera que debía ren­dir con puntos y comas en el organismo en donde era secretario. Aurelio, fuera de darse trompadas con el Tito, se comía todo lo que había en la casa y sobra decir que nunca llevó nada o mejor sí, llevó otro compañero a vivir: Armando Bula, un vago de antología que se la pasaba hablando con su acento fuerte de la Sabana Cordobesa del “problema agrario en Colombia”, pero que no sabía nada de nada. Bula siempre amenazó con la ayuda que le enviaría un político tío suyo desde Montería, tío que hoy dudo de su existencia y aún, si aquel agrarista despistado se llamaba Armando. Pero de lo que si estoy seguro fue que llevó colchón, se apoltronó en la casa y jamás puso un centavo.
A medida que iban llegando los vivientes, la barriga de la flaca Gabriela crecía y los fondos del joven matrimonio se consumían en los estómagos de los visitantes -inquilinos-.
De vez en cuando llegaba Agustín, un gigante de ojos azules que manejaba el ancla de la Draga Colombia y me invitaba a Bocas de Ce­niza. Ese día pescaba desde la cubierta de la draga. Agustín arreglaba los pescados, unas pobres lisas miserables que salaba y colgaba en los alambres de la ropa para que con el sol y las cagadas de las moscas se curaran y hacer un arroz al domingo siguiente: plato que era una fiesta y la reconciliación del inquilinato que había aguantado hambre toda la semana.
La casa se llenaba todas las tardes de dirigen­tes sindicales citados por John, que era ca­pitán de la Draga Colombia y encargado del Movimiento Obrero, o por dirigentes estu­diantiles citados por Alfonso Múnera, un joven estudiante de primer año de derecho y rajado en primer semestre en diversas facultades y en varias universidades del país, que podía hablar de boxeo por semanas, pues su papá era presi­dente vitalicio de la Liga de Boxeo de Colom­bia y que con su carreta encantó serpientes, hasta llevar un colchón a la casa que usaba la mayo-ría de las veces para retozar con jóve­nes mulatas compañeras de la facultad o del MOIR.
Otras veces la casa se llenaba de profesores universitarios citados por el maestro Rafael Osorio, hombre con fama de filósofo sabio que aromatizaba el aire con el humo de su pipa que fumaba como un pensador de la postguerra, pero que hablaba todas las estupi­deces inimaginables. Otros días el Chocho Ambrat, un médico turco, cartagenero adorable, se apare- cía con campesinos de María la Baja, de Manatí o de cualquier miserable pueblo de la costa, cargados con sus mochilas, sus trespuntá, sus pobrezas y su ron tornillo, que bebían hasta el amanecer de la semana siguiente al ritmo de una grabadora que molía vallenatos a 1200 vatios por segundo.
Patiño -jefe de aquella célula irredenta- se reunía los miércoles en la tarde en un ritual que empezaba desde tempranas horas de la mañana: amanecía alegre, dicharachero, co­municativo con todos, aún con Ga­briela que continuaba arrinconada en nuestra habitación calurosa y oscura. Los miércoles y sólo esos días Germán saludaba “Gabriela, buenos días” y pasaba en toalla blanca y chan­clas de cuero negro con el jabón, la crema y la máquina de afeitar para darse un largo baño. Después, su bluyín recién aplanchado y su gua­yabera amarillo pollito, mocasines italianos sin medias y medio litro de after shave y un toque de Pino Silvestre y esperaba leyendo en un grueso libro de las obras completas de Marx, hasta que tocaban la puerta a eso de las dos de la tarde. Abría reverencialmente y hacía pasar a Juan B. Arteta, eterno candidato al Concejo de Barranquilla por el Partido Co­munista Colombiano.
La tarde la llenaban de verdades generales del marxismo, anécdotas históricas de la revolu­ción bolchevique, los avances incontenibles de las fuerzas sindicales y al final de la tarde se cruzaban insultos de mamerto a extremo iz­quierdista, de infantilista a revisionista y ter­minaba la sesión con un portazo y una satis­facción de secretario regional.
Esa noche el inquilinato rebosaba de ron y triunfo para oír las proezas del debate con el P.C.de C. y su E.P. y la inminente derrota del social imperialismo soviético.


II

Hacer teatro en Barranquilla es un hecho sin igual. Me recibe con los brazos abiertos un grupo de teatro. Su director Teobaldo Guillén, un moreno, tal vez el hombre más bien plan­tado que he conocido en la vida, con unos hermosos ojos negros que mataba alternati­vamente tratando de buscar la complacencia de su interlocutor. Sabía que por ningún mo­tivo podía crear un conflicto, él era el jefe na­tural de un grupo que si bien no hacía nada, existía y yo era un intruso. Teo sonreía, ese era su oficio, tenía unos hermosos dientes blanquísimos que resaltaban en su curtida piel. Lo único malo que tenía este negro espléndido era su esposa Matilde, que profesora del Inem, como él, era una fiera digna del inexistente Zoológico de Barranquilla. Matilde desarrollaba un odio visceral contra el teatro, sabía que éste era la perdición  de su negro y a fe que tenía razón: no estaba en condiciones de conseguirse otro marido
Teo siempre estaba dispuesto a reunir el grupo. Un día lo citaba en la Universidad del Atlántico, otro en su casa  (aprovechaba la ausencia de Matilde), otro en la 72 o en algún sitio. Lo citó mil veces y mil veces fue imposible hacer una reunión. Los barranqui­lleros tienen siempre un compromiso, al fin comprendí que es la gente más ocupada del mundo.
Eran unos personajes y no sobra agregar que eran todos escritores, como buenos costeños que se respeten, por ejemplo: Catalino tenía diez y seis años, parecía hijo de Teo y el más cariñoso de todos, había actuado cuando cursaba segundo año de bachillerato y ahora era el invitado por su capacidad y su talento que, dicho sea de paso, jamás se lo pude ver porque no llegó nunca a una reunión.
Teo citaba desesperadamente a una actriz ma­ravillosa que él había visto en un montaje de colegio, en donde era profesora de literatura, la disculpaba en cada cita y me hablaba de las capacidades y talentos para convertirla en la primera actriz del país. Un día al fin llegó al ensayo (una hora tarde, pero llegó). Cuando me la presentaron excusé su baja estatura, sus cortos brazos y piernas, su enanismo mani­fiesto, su abotagada cara, pero lo que si ya no pude pasar por alto fue su dificultad para pro­nunciar la Ce antes de la Te. Los otros eran o maestros o estudiantes de los primeros años de bachillerato que jamás asistieron a un en­sayo o porque estaban en una pedrea cerca a la universidad o porque, cuando al fin pude co­nocerlos, tenían un desafío de “boletrapo” en una de las polvorientas calles del popular El Silencio contra la barra del Olaya.
¡Ah, Barranquilla, tierra pródiga para hacer teatro!


III

Y el tiempo iba pasando y el calor que al prin­cipio fue una sensación que me recordaba amablemente mis vacaciones de niñez en Turbo, se fue convirtiendo en una tortura que me escaldaba las piernas y que unida a la falta de dinero me ampollaba los pies por las largas caminadas para buscar a Telecom, único edifi­cio público que tenía aire acondicionado en aquel desordenado mundo.
A los días ya todos los empleados de la telefónica me conocían, sabían que yo no pediría nunca una llamada, pero me toleraban como acompañante permanente. Me veían llegar, se sonreían, con un gesto amable me señalaban una de las sillas cómodas y con ese mismo gesto me despedían cuando dejaban el edificio en manos de los celadores nocturnos. En ningún lugar del mundo, salvo en el sanitario, he leído tanto como en el Telecom de Barranquilla.
Después de descubierto el aire acondicionado el tiempo fue aún más lento, la barriga de La Flaca más grande, el silencio más profundo, el hambre una costumbre y la resignación un estado.
Ya por esta época habíamos descubierto nuestro barrio San Felipe. A todo el frente de la casa permanecía sentado un hombre her­moso con guayabera blanca; todo el barrio le rendía tributo con su saludo y nunca faltó el ¡Buenos días o buenas tardes o buenas noches señor Mandrake! Mandrake había sido mecánico de aviación en los hangares del aeropuerto de Soledad y un malhadado día al caerse un motor le cortó las piernas por encima de las rodillas, por eso Mandrake permanecía recostado al frente de su casa de madera en un taburete sin patas delanteras. No se necesitaba un ojo aguzado para darse cuenta de que Mandrake manejaba todo el negocio de marihuana y que su hijo Jaimito, un insoportable y amoroso cagón de doce años, hacía de jíbaro en La Cita y en otros lugares del convulsionado San Felipe.
A Mandrake le gustaba el ron con agua de coco, si no hubiera sido por esto tal vez jamás hubiéramos hablado con él. En el patio de la casa teníamos un cocotero enano que vivía en cosecha, allí supe que una palma de coco pro­duce trescientos sesenta y cinco frutos por año, los mismos que bajó Jaimito con o sin permiso para el ron de Mandrake. Un día me mandó llamar con su hijo: “Señor Rodrigo, puede estar tranquilo que en este barrio no le pasa nada y llévele a la niña Gabriela esta jarra de jugo de guayaba que le sirve mucho para la preñez”. A partir de aquel momento, todos los días Mandrake me tenía una jarra de jugo a cambio de los cocos de nuestro patio, él tenía un guayabal en el suyo.
Los choferes de las “guaguas” nos reconocie­ron desde la segunda vez que subimos a sus destartalados buses de madera: -“Un puesto para La Flaca, que tiene la barriga llena de huesos.”¡Ajá! ¡Gringo, siéntate aquí!” y viajaba en el puesto del confidente (un cajón que ta­paba la batería al lado izquierdo del chofer). “¡Ajá, Gringo, saca la mano!”. -”Gringo, de­vuelta de dos” y entonces era ayudante de bus por un rato, único oficio que desempeñé en Barranquilla en toda mi estadía.
Stella, una empleada del Ley que nunca supe en donde vivía se aparecía de vez en cuando con carimañola para la señora Gabriela, ella nunca había visto una barriga tan grande y cierto es que Gabriela era tan flaca que su ba­rriga parecía desproporcionada para aquel cuerpecito.
Y las tías... las tías. Viendo el profesor Peña las dificultades por las que atravesaba el joven matrimonio, nos recomendó ante unas ancianas tías suyas que tenían un grane­rito a cuadra y media de nuestra casa para que nos abriera una cuenta en caso de necesidad. No bien se había despedido el misericordioso intelectual, yo estaba pidiendo salchichón por tajadas, una libra de arroz y seis huevos para inaugurar el plato que se repetiría día a día hasta el fin del embarazo de Gabriela. Creo que El Profe pagó siempre los pedidos. Estoy seguro de no haberlo hecho yo  porque en aquella época no mantenía ni un peso en el bolsillo.
¿Qué hacían un jovencito de veintiún años, hijo de una familia pequeñoburguesa, de la mejor extracción jesuítica y educado en un ambiente profundamente religioso y conservador y su joven esposa, hija de un millonario cafetero, de gustos extravagantes que había puesto los ojos en su hija para llevarla de su mano por Balzac, Víctor Hugo y los otros clásicos france­ses, en estas tierras del calor y el vallenato?
Recién pasados a la “mansión de San Felipe” salimos a conocer el vecindario: arquitectura de tierra caliente que unida a la pobreza, con­figuraba el conjunto urbanístico más feo por el que había caminado en toda mi vida
Las calles polvorientas, de una menuda arena perla sucio; las casas, casitas y casuchas de colores pasteles diluidos por el tiempo, cho­rreadas por el agua y resecadas por el sol. Los techos de zinc, paja o eternit rebotaban la lu­minosidad de la tarde a modo de espejos unos contra otros y como la resistencia superior de un horno cerraba el espacio con su hiriente reflejo y nos obligaba a caminar con la cabeza abajo, los ojos entornados para espantar el también hiriente reflejo del suelo. No se movía una hoja de los escasos almendros, el aire estaba detenido entre la tierra y el cielo y reverberaba. La estridencia de mil vallenatos que salían disparados por las ventanas y puertas de las casas, los gritos de mil comadres de alero a alero contando los chismes, los agudos lamentos de jovencitas peleándose, los roncos gritos de hombres borrachos, los seiscientos cincuenta niños por metro cuadrado en febril lucha en medio de la polvareda y la barahúnda detrás de la “boletrapo” configuraban el edénico lugar en donde habíamos escogido vivir.
La barriga de La Flaca crecía desmesurada­mente y en proporción directa a nuestra sole­dad. Los inquilinos de la casa seguían allí como presencias vocingleras que habíamos decidido ignorar. Encerrados en una celda conventual permanecíamos la mayor parte del día en el bochornoso calor oscuro, acompañados por nubes de moscas, zancudos y cucarachas voladoras del tamaño de tortugas.
Habíamos depositado doscientos cincuenta pesos en la Clínica Colombia como adelanto para el parto que no sabíamos ni para qué día ni de qué mes. A estas alturas del embarazo, Gabriela jamás había ido al médico, llevaba su preñez con la naturalidad de un animalito montaraz y con la tranquilidad con que habíamos hecho el amor en los apartamentos en donde nos cogía la noche después de intensos días de lucha estudiantil y de agotadores ensayos de teatro en la Universidad de Antioquia.
La Clínica Colombia en la esquina de la 65 con 28, era en realidad un abortadero que nos ha- bíamos encontrado en una de las caminadas obligadas en busca de un poco de paz y sole­dad, y que quedaba a cuadra y media de la casa. Después de hablar con la enfermera, una diosa guajira venezolana de olivos en los ojos y en la piel, decidimos que ésta sería la clínica para el parto: estaba cerca de la casa y al alcance de nuestro menguado presupuesto; sólo faltaba esperar las lunas y los dolores.
Entre tanto el tiempo continuaba detenido en la humedad, el sopor y la tristeza.



IV

Los sábados viajaba a Baranoa, una especie de caserío extraviado de la sabana africana; debajo de un inmenso tamarindo en el patio comunitario de las chozas, pude hacer al fin un ensayo de tea­tro. A las diez de la mañana las empalizadas que marcaban los límites del improvisado es­cenario se llenaron de ojos chiquitos, de ojos ancianos, de ojos femeninos. Al ensayo asis­tieron veinticinco mulaticas del Liceo Munici­pal, que nunca supe por qué habían ido, por­que ninguna de ellas había asistido jamás a una obra de teatro. Me tocó improvisar un ensayo de ejercicios coreográficos al son de una tumbadora que tocaba una niña de doce años y que llevaba ritmos frenéticos que todas seguí-an, desnudando sus genes negros. Al final, por todas partes, brotaron aplausos y felicitaciones para las participantes. La gente me miraba como un marciano barbado y todos los niños querían tocarme y se ofrecían para el próximo ensayo. Después de tanta hambre pude saciarme: había hecho teatro al fin y de la casa de los Martinianos me invitaron a almorzar tortuga, arroz con coco, patacón y jugo de corozo.
Al buscar la flota de regreso para la metrópoli comprendí por qué los hombres habían faltado a la cita: todos estaban bebiendo ron Tres Es­quinas con soda y Coca-Cola en el único billar del pueblo. Brindé con ellos un trago de ron y nunca más volví a Baranoa.


V

Y un día llegaron los carnavales a Barranquilla, el profesor Peña, como buen samario, huía todos los años de esas endiabladas fiestas; era un hombre sereno, meditabundo, el único costeño que he conocido en mi vida de hablar suavecito, lento, en un castellano perfecto y con una musicalidad seductora: -“P-á-s-a-t-e... p-a-r-a... m-i... c-a-s-a... e-s-t-a... s-e-m-a-n-a... d-e... c-a-r-n-a-v-a-l...q-u-e... a-l-l-í...         v-a-s...a... e-s-t...a...r ...m-á-s...c-ó-m-o-d-o,... t-e...d-e-j-a-m-o-s...l-a... n-e-v-e-r-a...      p-l-e-n-a...” y aunque comprendí que mi viejo amigo lo que necesitaba era a alguien que le cuidara su casa por una se­mana, acepté mi nuevo puesto de celador. Al fin me permitía alejarme unos días del infierno del inquilinato y Gabriela podría descansar de su encierro. Pasar unos días en el Barrio El Paraíso era ya un principio de milagro sin tener que soportar aquel pueblo enloquecido de música, ron, harina y baile que se presentía en San Felipe, por las verbenas semanales que habían hecho preparando el carnaval.
El miércoles recogimos nuestros escasos tra­pos en la única maleta que teníamos y que ya estaba dispuesta como cuna para el próximo inquilino. El profesor Peña nos dejó en su casa. ¡Solos al fin! ¡A la nevera! ¡Al televi­sor! ¡Al equipo de sonido! ¡A la biblioteca! Como niños en una casa embrujada visitando aparatos que hacía meses no veíamos. Un me­recido sosiego, un justo descanso.
Y el jueves, y el viernes deambulamos por las sosegadas calles de aquel barrio pequeñobur­gués que nos parecía el cielo y cada entrada a la casa, un asalto a la nevera para recordar sa­bores perdidos y temperaturas ajenas. Ya no había calor, ni humedad, ni aburrición.
Las delicadas brisas atemperaban el día. Un sábado como ninguno en mucho tiempo. Sa­limos a caminar por las alamedas de aquel conjunto de amplias casas que con sus por­ches, sus antejardines enverdecidos por las re­gaderas de las criadas, sus sombríos de al­mendros, sus buganvilias coloridas, se con­vertía en una isla idílica en aquella Babilonia carnestoléndica. Los últimos centavos los gastamos despreocupadamente en chucherías, para acompañar una larga tirada de televisión en esa tarde de sábado, en el supermercado “Olímpica” cerca de nuestra nueva casa.
A pesar de los esfuerzos y la gula la nevera se­guía llena. Un litro de leche y un frasco de brevas con arequipe para la glotonería en reposo de Gabriela fueron el suave postre de jamones en sanduche con lechuga y tomates frescos. Un banquete de juventud.
Después de semejante revoltijo romano, lo único que queda es un dolor de estómago. En­contré sin mucho esfuerzo un Alka-Seltzer y con un regaño propio de un prefecto de disci­plina se lo serví a Gabriela y me senté a hacer malacara frente al televisor.
¿A quién se le ocurre un dolor de estómago un sábado de carnaval en Barranquilla? Y cuando el dolor se prolongó más allá de dos revistas Cromos viejas que leíamos en el sanitario permanentemente, adiviné que Gabriela es­taba embarazada. Como ninguno de los dos sabía nada de esas ciencias salimos a la calle a preguntarle a alguien, con tan buena suerte que en la casa vecina, una criada negra uniformada de negro con cara de matrona y que regaba con una manguera los crotos de colores y los crespos cuernos de hojas gigantes, nos con­firmó el lejano presentimiento: -” ¡Ajá! La ni­ñita ya comenzó, ¿y quién te la va a atender?”
¡Ay! Ahora Gabriela estaba de parto y no habí-amos alejado justamente el día indebido de la Clínica Colombia y sin un peso en el bolsillo. Cuando la matrona negra de la manguera hubo oído nuestros lamentos: -“¡Ah! Estos muchachos tan locos; vuélate para la clínica que va y te coge en la calle… y por los veinte pesos no te preocupes que yo se los co­bro al profe Peña”
Nos recibió en la Clínica Colombia la de los ojos olivos. La clínica era una casa cualquiera de barrio con tres habitaciones: la una, el con­sultorio-quirófano, en la otra la pieza de las pacientes y la tercera la recepción, tan impro­visada como todo el conjunto.
-“La niña se queda, tú no puedes quedarte acá, déjanos el teléfono y te avisamos cuando nazca la criatura”. Con el tiempo le he perdonado la dureza y la he vuelto a ver bella en el recuerdo, al fin era la única costeña en todo Barranquilla que no estaba bailando aquella noche. -“Y tráete una pijama para la seño”. Y vi desapa­recer a Gabriela, por primera vez lloraba, y yo mudo, seco, vacío y quemándome la veía chi­quitica, indefensa, entrando en un infierno que me estaba vetado.
Con los $2,20 de la devuelta del taxi me compré un paquete de Pielroja y hasta el último centavo en esos panes dulzones que sólo venden en las tiendas de Barranquilla.
Todo era oscuro: la luz de la calle, la luz de la casa, el griterío de las verbenas callejeras. Salí a caminar por los polvorientos callejones que ahora estaban transformados en consecutivas pistas de baile, separadas unas de otras con frágiles enramadas de hoja de palma. En cada cuadra un pick-up a volumen impensado que golpeaba el pecho y aceleraba el ritmo del co­razón. Todos los muebles en los porches de las casas y mesitas en las aceras con dulces y aguardientes para atender las hordas de baila­rines enharinados.
La harina, el calor, el sudor y el vallenato pro­ducían una masa desagradable que se movía convulsivamente al ritmo de una genética des­conocida para mí.
Me senté al lado del teléfono a comer panes dulzones, a fumar y a dejar que el tiempo pa­sara en la casa de Lucho Arrieta, di el número de su casa pues sobra decir que en nuestro in­quilinato no había teléfono.
Lucho era un momposino pródigo que había abandonado su ancestral filigrana para dedi­carse a enseñar química en un colegio oficial  y a beber todas las noches. Su casa era una fiesta. Allí estaba prohibido el vallenato pero una vieja radiola Philips rascaba porros de 78 R.P.M. veinticuatro horas al día. En vísperas de la Gran Parada, la casa de los Arrieta era un báratro de ruidos, de sofocadas parejas y de chorros de ron. Sentado al teléfono miraba aquella escena; me sentía lejos, extraño, ex­tranjero. Me preguntaba cómo sería yo si hubiera nacido en Barranquilla.
En medio de aquel orden escatológico yo espe­raba la llamada de la princesa guajira.
Deshice el camino de los bailes en segundos, la noche había cedido al día la luz tenue de las tres de la mañana y con ella un coro de borra­chos danzarines que se abría a mi paso y lan­zando harina me saludaban. Recibí el tributo de sus bárbaras costumbres con la compren­sión y felicidad de un antropólogo. Me espe­raba en la puerta de la Clínica Colombia un hombre blanco, alto y fornido que más parecía un ingeniero civil que el doctor Vallejo, dueño de aquel negocio próspero que atendía hasta en las noches de Carnaval. -“No fue fácil, pero todo salió bien. Pase a saludar a la señora y a conocer al niño”.
Dos mujeres recién paridas con sus críos, to­dos rendidos por esa lucha con la vida eran atendidos piadosamente por la de los ojos oli­vos, que ahora vestida toda de blanco ilumi­naba aquella habitación sórdida, de camas es­trechas en fila. -“Ajá! Mira a tu Joselito Carna­val que bien salió” y vi aquel amasijo largo, flaco y húmedo que tenía una capa de vello negro desde las cejas hasta las nalgas, tirado boca abajo. Lo reparé detenidamente parte por parte, a la distancia del miedo lo hice voltear para verle la cara, las manos, todo su cuerpo; en aquel estado de humedad y arrugamiento no podía distinguir lo malo de lo bueno, ni lo bello de lo feo. Era simplemente un niño recién nacido y yo jamás había visto uno. Gabriela estaba allí acurrucada y aunque demacrada y dormida, su cara era un himno de alegría y satisfacción.
El doctor Vallejo me esperaba en la puerta para recordarme que le debía doscientos cin­cuenta pesos del contrato y cincuenta pesos por la noche de la habitación, que ahora era llamada de postparto.
La casa estaba tan silenciosa como las calles. Nuestros inquilinos atravesaron la cuarta di­mensión del Carnaval y por fin habían aban­donado la casa al menos por unos días; sólo Alejandro en su blanquísima pulcritud me es­peraba con un arroz refrito y unos huevos re­vueltos. Me senté a escribir no sé qué y me quedé profundamente dormido hasta cuando el sopor de la media mañana me recordó la deuda de los trescientos pesos.
No más pisé la calle, recién bañado, con mis pantalones azul claros y la camisa blanca, de todas partes llovieron bombas de agua y kilos de harina y un coro de mujeres y niños cele­braban el nacimiento de mi Joselito, y al frente Mandrake, desde su silla, brindaba con ron y agua de coco y me ofrecía de nuevo su jarra con jugo de guayaba para la recién parida.
Las tías venían de regreso con un portacomi­das, todo el barrio se había enterado ya del na­cimiento del hijo de la flaca de la barriga grande.  La mañana había sido una romería a la Clínica Colombia. Y así pasaron el lunes y el martes. El jugo de guayaba de Mandrake, las carimañolas de la empleada del Ley y los por­tacomidas que van y vienen de la casa de las tías y cada día cincuenta pesos que se suman a la cuenta y aún falta mañana, Miércoles de Ceniza, inicio del ayuno y la Cuaresma y final del Carnaval.
Los llantos por la muerte de Joselito Carnaval, se confunden al amanecer del miércoles con los lamentos de pobreza y de guayabo en que ha quedado sumida la ciudad. Asaltada por la rumba, los disfraces, el ron y el vallenato, Ba­rranquilla es una ciudad en ruinas y sus habi­tantes sobrevivientes de una catástrofe que señalan con cruces sus frentes para emprender el nuevo ciclo de vida.
El inquilinato se ha poblado de nuevo de oje­rosos fantasmas sedientos, que deambulan semidesnudos entre la ducha y la sombra de la palma de coco. ¿Cómo rehacer su moral pro­letaria después de los desmanes del Carnaval, sin cenizas en la frente como lo hacen los católicos?
No hay en todo Barranquilla cuatrocientos cincuenta pesos. Me niego a pedir un favor más, a un ruego más, a una súplica más.
No me quedó otro remedio que llamar a Me­dellín, avisar en mi casa que ya eran abuelos y tíos para que liberaran a Gabriela y al nieto de ese infamante estado a donde los había lle­vado mi hybris juvenil.
Incluso la llamada telefónica fue sumada a la cuenta. Cuenta que pagó hasta el último cen­tavo el señor del Dodge Dimond verde limón último modelo, que se llevó esa noche a Ga­briela con su hijo. -“Y mañana la embarco para Medellín a las diez de la mañana en el vuelo de Aerocóndor. Sólo supe que una llamada había hecho el milagro.
Y cuando retiraron la escalerilla del avión, entendí que me tocaba quedarme en Barran­quilla.
Solo, profundamente solo caminé de Soledad a San Felipe sin prisa, sin pensamientos. No sentía calor ni sed ni hambre, únicamente una inmensa tristeza y un odio infernal contra el mundo y contra mí mismo.


VI

Mi pluma Parker 51 que había sobrevivido a todas las calamidades cogió el camino sin re­greso a una prendería en la Calle de las Vacas. Al inquilinato lo invadieron el silencio, el desorden y la mugre. Ya todo había terminado y habíamos quedado desolados y tristes. La in­validez había acallado mi boca. Temprano en la mañana buscaba refugio en Puerto Colom­bia debajo del destartalado muelle, allí pasaba las horas con el descompasado caminar de los cangrejos, con la caída en picada de los torpes alcatraces, con la llegada de las canoas. Dos o tres veces al día caminaba descalzo por la playa de arenas negras, pero nunca fui capaz de traspasar el horizonte y regresaba al som­breado refugio de aquel muelle abandonado.
Tenía algo de poético, de romántico, de atrac­tivo quedarse quietecito y silencioso con los ojos cerrados dejando que el cuerpo se poblara de pequeños cangrejos para que con un movi­miento todos salieran huyendo y verlos pelearse por un refugio en la arena.
En todos esos días de Puerto Colombia sólo le permití hablar a Rulfo, que con el misterioso sonido mexicano de su “Llano en Llamas” me procuraba una especie de consuelo. El libro me lo había llevado de regalo el profesor Peña y fue lo único bueno de toda mi estadía en Barranquilla.
El Regreso a Medellín no era una opción, era la obligación en la derrota.
Una nueva llamada a Medellín y un nuevo milagro: Un camión de Transportes Rafael Salazar estaba al frente de la casa. Cargaron sin ningún cuidado todos y cada uno de los pocos bártulos. La casa quedó vacía, los inquilinos habían huido presintiendo el desastre. Vi alejarse el camión después de perdida mi es­peranza de viajar en él. No volví a entrar a la casa. Por debajo de la puerta dejé la llave, y con Mandrake, -”Dígales que ya no voy a vol­ver.”
Caminé hasta el Paseo Bolívar, una cami­nada lenta como tratando de borrar toda me­moria.
Ya no estaba en Barranquilla. Ahora estaba en el territorio interior, allí en donde ni un sa­ludo, ni una burla, ni la bulla, ni el calor, ni el vallenato pueden penetrar.
Por allá en el fondo todavía sentía algo de mi responsabilidad y quería quedar en paz con el T.A.R. y con el partido que me habían despla­zado con “los pies descalzos”. Llamé a Cama­cho y después de informarle de mi lamentable situación y suplicarle que me comprendiera, me respondió con la sequedad científica de la organización política: “Usted depende es del Regional del Atlántico”. ¡Ja! Regional. Una re­cua de patanes más pobres mental que física­mente a quienes no les debía ninguna explica­ción.
¡Adiós, Barranquilla, Puerta de Oro!
Diez y siete horas en bus por la maltrecha ca­rretera llamada “A la Costa” fueron suficientes para irritar mi odio acumulado por meses y para jurar en cada curva del camino que jamás, bajo ningún motivo ni circunstancia, volvería a Barranquilla, la ciudad más fea y más maluca -incluyendo a Montería- que había conocido en toda mi vida.


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