jueves, 12 de abril de 2012








RELATOS DE BARRANQUILLA

Y si así los recuerdo,
así sucedieron para mí.

Ya superada esa primera juventud del teatro universitario, abandonados a nuestra suerte, decidimos lanzarnos al mundo desconocido del teatro. Jóvenes románticos y comunistas (como correspondía a la época), desafiando un medio hostil y carente de los mínimos recur­sos, conocimiento y tradición, nos reunimos bajo la ideología, bajo la política y bajo la necesidad de hacer teatro y con el ímpetu de estas terceras decidimos fundar Pequeño Teatro en enero de 1.975. Aquí hay que hacer un flash back.
Finales de1.971. La crisis del grupo de teatro La Brigada1 originada por la renuncia de nuestro director Jairo Aníbal Niño: La persecución a veces abierta pero la mayoría de las veces soterrada, fue minando la resistencia y el aguante de este contestatario-nihilista metido a maoísta militante: cancelados sus contratos con la Universidad Nacional, con el Liceo Popular de Medellín y con la Alcaldía como represalia a sus posturas políticas, no le quedó más remedio que, en compañía de su esposa, abrir un almacencito de muñecos (que era lo otro único que sabía hacer), pero acató a fundarlo en el peor sitio comercial de la ciudad, lugar por donde no pasaba nadie y a donde sólo íbamos sus amigos a tomar tinto y a hablar de teatro. Esta aventura comercial duró tan poco que no se alcanzó ni a pintar el letrero. Antes de lo pensado Jairo Aníbal Niño estaba en Bogotá con su familia, aprovechando un puesto que una vieja amiga le ofreció para desarrollar planes de recreación infantil; esto marcó al futuro escritor (exitosísimo por lo demás) de Zoro y otros escritos para niños.
Y ahora, abandonados por el director, éramos una recua de huérfanos sin rumbo, sin clari­dad, inmersos en la confusión del final de una época de gran actividad universitaria y en cierta forma anexos a un partido político tan inexperto como nosotros mismos. Este grupo, por lo demás grande, se convirtió en cantera de dirigentes y por ende en objetivo preciado por la dirección de la organización político-cultural a la que pertenecíamos todos los miembros de La Brigada.
En crisis se necesita quien dirija. Pero ¿quién podía hacerlo si todos éramos infantes inex­pertos y ambiciosos? Se desencadenó una lu­cha por el control de la cada vez más men­guada organización; nadie dirigía, nadie orientaba, todos argumentábamos, maquinábamos y buscábamos aliados y amigos por fuera de La Brigada: los unos en el partido político, los otros en organizaciones artísticas amigas, los terceros en directivos sindicales y aún en la dirección nacional del partido. Tiempo de confrontaciones políticas, de medir capacidades organizativas, pero tiempo de no obtener ningún resultado. La dirección nacional del T.A.R. (Trabajadores del Arte Revolucionario que agrupaba a todos los artistas del partido) resolvió liquidar la vieja Brigada, despachar a los conflictivos jóvenes con “la política de los pies descalzos” a ciudades vírgenes de la política maoísta, para que allí “desplieguen todo su ímpetu y conozcan la situación de las masas trabajadoras de obreros y campesinos”, y así fui a dar a la alejada Barranquilla.
A Medellín fue desplazado un “cuadro experi­mentado” para rehacer el frente artístico del partido que había sido prácticamente disuelto. Llegado a Medellín el nuevo director de La Bri­gada, no me quedó sino brindarle homenaje de bienvenida y aceptar la orden perentoria de la Dirección Nacional del T.A.R., que sesionaba en Bogotá.
Quedémonos un rato en Barranquilla a donde me desplazó la Dirección Nacional del T.A.R. sin derecho a repulsa ni a pataleo, como lo habíamos aprendido en los estatutos del par­tido en el capítulo de centralismo-democrá­tico.
¿Cómo dejar a Gabriela, mi novia de mucho tiempo y compañera de universidad, de La Bri­gada, del T.A.R. y del partido, tan apasionada como yo en las lides del teatro y de la política, ahora embara­zada?
Un matrimonio, sin mucha ceremonia. Recoja los regalos, ojalá en efectivo y rumbo a Bogotá a ponerse bajo las ordenes de la organización. Oír sus últimas recomendaciones y continuar lo más pronto para el destino trazado: Ba­rranquilla “La Puerta de Oro de Colombia”.


I

Llegamos a “Curramba la Bella”. Fuimos reci­bidos por esa bonhomía que caracteriza a los costeños: -“Ajá, ¿y entonces qué?” “Ajá y La Flaca está preñada”, y “ajá...”
Nos abrieron  todas las puertas y el doctor Peña, un profesor, escritor y respetadísimo intelectual barranquillero, nos invitó a quedarnos en su casa por unos días mientras resolvíamos lo de nuestra vivienda en esa ciudad. Siempre me acompañará la gratitud con El Profe y su familia, que sufrieron resignadamente a estos pesados huéspedes. En su casa estuvimos más de dos meses. ¿Qué íbamos a entender en aquella edad y con aquella arrogancia militante que éramos intrusos en la vida familiar? Ahora quisiera encontrarme de nuevo con esa familia y ofrecerles mis sinceras disculpas.
Cuando al fin conseguimos una casa en un ba­rrio popular, allí llegaron Patiño, Secretario Regional del MOIR2 y todos sus militantes: Alejandro, un descendiente de nobles italianos graduado en la exclusiva Universidad de los Andes y que todavía a estas alturas no me explico qué fue a buscar a Barranquilla, si no fue su  herencia  en manos de unas tías que vivían en una vieja mansión en el Barrio Prado y que él visitaba asiduamente para recordarles su existencia. Era el único de toda la manada que tenía cama, toalla y que vivía impecablemente vestido de blanco, desde sus calzoncillos “La Primavera” hasta sus alforzadas guayaberas panameñas.  Alejo era también el único culto de aquel hospicio que habíamos fundado en el Barrio San Felipe, a una cuadra de La Cita, el más famoso lugar de salsa de “La Arenosa”.
Los otros especímenes eran más grises, más negros y más extraños que Alejandro. Tal vez por eso o por el embarazo, Gabriela nunca pudo con ellos, hasta llegar a encerrarse en la diminuta habitación que lindaba con el único baño de toda la casa para evitar sus in­cómodas presencias.
Tito, un negro profundo de una profunda al­dea negra había ido a Barranquilla para termi­nar su bachillerato en el Liceo Pestalozzi. Llevó una estera y en el primer rincón de la casa que encontró creó su espacio sin pregun­tarle a nadie y allí se quedó para siempre siempre. El Tito vivía agarrado a trompadas con Aurelio, un chilapo viejo que llevaba veinte años en la universidad tratando de terminar sociología y dirigiendo células obreras de los sindicatos del puerto.
Aurelio dormía en una hamaca que tendía y distendía según su necesidad. A veces repo­saba dos días tirado en su chinchorro, en cal­zoncillos, con unas arrastraderas de plástico, abanicándose con una toalla pequeña, verde confite y repitiendo de memoria el último in­forme del camarada Mosquera que debía ren­dir con puntos y comas en el organismo en donde era secretario. Aurelio, fuera de darse trompadas con el Tito, se comía todo lo que había en la casa y sobra decir que nunca llevó nada o mejor sí, llevó otro compañero a vivir: Armando Bula, un vago de antología que se la pasaba hablando con su acento fuerte de la Sabana Cordobesa del “problema agrario en Colombia”, pero que no sabía nada de nada. Bula siempre amenazó con la ayuda que le enviaría un político tío suyo desde Montería, tío que hoy dudo de su existencia y aún, si aquel agrarista despistado se llamaba Armando. Pero de lo que si estoy seguro fue que llevó colchón, se apoltronó en la casa y jamás puso un centavo.
A medida que iban llegando los vivientes, la barriga de la flaca Gabriela crecía y los fondos del joven matrimonio se consumían en los estómagos de los visitantes -inquilinos-.
De vez en cuando llegaba Agustín, un gigante de ojos azules que manejaba el ancla de la Draga Colombia y me invitaba a Bocas de Ce­niza. Ese día pescaba desde la cubierta de la draga. Agustín arreglaba los pescados, unas pobres lisas miserables que salaba y colgaba en los alambres de la ropa para que con el sol y las cagadas de las moscas se curaran y hacer un arroz al domingo siguiente: plato que era una fiesta y la reconciliación del inquilinato que había aguantado hambre toda la semana.
La casa se llenaba todas las tardes de dirigen­tes sindicales citados por John, que era ca­pitán de la Draga Colombia y encargado del Movimiento Obrero, o por dirigentes estu­diantiles citados por Alfonso Múnera, un joven estudiante de primer año de derecho y rajado en primer semestre en diversas facultades y en varias universidades del país, que podía hablar de boxeo por semanas, pues su papá era presi­dente vitalicio de la Liga de Boxeo de Colom­bia y que con su carreta encantó serpientes, hasta llevar un colchón a la casa que usaba la mayo-ría de las veces para retozar con jóve­nes mulatas compañeras de la facultad o del MOIR.
Otras veces la casa se llenaba de profesores universitarios citados por el maestro Rafael Osorio, hombre con fama de filósofo sabio que aromatizaba el aire con el humo de su pipa que fumaba como un pensador de la postguerra, pero que hablaba todas las estupi­deces inimaginables. Otros días el Chocho Ambrat, un médico turco, cartagenero adorable, se apare- cía con campesinos de María la Baja, de Manatí o de cualquier miserable pueblo de la costa, cargados con sus mochilas, sus trespuntá, sus pobrezas y su ron tornillo, que bebían hasta el amanecer de la semana siguiente al ritmo de una grabadora que molía vallenatos a 1200 vatios por segundo.
Patiño -jefe de aquella célula irredenta- se reunía los miércoles en la tarde en un ritual que empezaba desde tempranas horas de la mañana: amanecía alegre, dicharachero, co­municativo con todos, aún con Ga­briela que continuaba arrinconada en nuestra habitación calurosa y oscura. Los miércoles y sólo esos días Germán saludaba “Gabriela, buenos días” y pasaba en toalla blanca y chan­clas de cuero negro con el jabón, la crema y la máquina de afeitar para darse un largo baño. Después, su bluyín recién aplanchado y su gua­yabera amarillo pollito, mocasines italianos sin medias y medio litro de after shave y un toque de Pino Silvestre y esperaba leyendo en un grueso libro de las obras completas de Marx, hasta que tocaban la puerta a eso de las dos de la tarde. Abría reverencialmente y hacía pasar a Juan B. Arteta, eterno candidato al Concejo de Barranquilla por el Partido Co­munista Colombiano.
La tarde la llenaban de verdades generales del marxismo, anécdotas históricas de la revolu­ción bolchevique, los avances incontenibles de las fuerzas sindicales y al final de la tarde se cruzaban insultos de mamerto a extremo iz­quierdista, de infantilista a revisionista y ter­minaba la sesión con un portazo y una satis­facción de secretario regional.
Esa noche el inquilinato rebosaba de ron y triunfo para oír las proezas del debate con el P.C.de C. y su E.P. y la inminente derrota del social imperialismo soviético.


II

Hacer teatro en Barranquilla es un hecho sin igual. Me recibe con los brazos abiertos un grupo de teatro. Su director Teobaldo Guillén, un moreno, tal vez el hombre más bien plan­tado que he conocido en la vida, con unos hermosos ojos negros que mataba alternati­vamente tratando de buscar la complacencia de su interlocutor. Sabía que por ningún mo­tivo podía crear un conflicto, él era el jefe na­tural de un grupo que si bien no hacía nada, existía y yo era un intruso. Teo sonreía, ese era su oficio, tenía unos hermosos dientes blanquísimos que resaltaban en su curtida piel. Lo único malo que tenía este negro espléndido era su esposa Matilde, que profesora del Inem, como él, era una fiera digna del inexistente Zoológico de Barranquilla. Matilde desarrollaba un odio visceral contra el teatro, sabía que éste era la perdición  de su negro y a fe que tenía razón: no estaba en condiciones de conseguirse otro marido
Teo siempre estaba dispuesto a reunir el grupo. Un día lo citaba en la Universidad del Atlántico, otro en su casa  (aprovechaba la ausencia de Matilde), otro en la 72 o en algún sitio. Lo citó mil veces y mil veces fue imposible hacer una reunión. Los barranqui­lleros tienen siempre un compromiso, al fin comprendí que es la gente más ocupada del mundo.
Eran unos personajes y no sobra agregar que eran todos escritores, como buenos costeños que se respeten, por ejemplo: Catalino tenía diez y seis años, parecía hijo de Teo y el más cariñoso de todos, había actuado cuando cursaba segundo año de bachillerato y ahora era el invitado por su capacidad y su talento que, dicho sea de paso, jamás se lo pude ver porque no llegó nunca a una reunión.
Teo citaba desesperadamente a una actriz ma­ravillosa que él había visto en un montaje de colegio, en donde era profesora de literatura, la disculpaba en cada cita y me hablaba de las capacidades y talentos para convertirla en la primera actriz del país. Un día al fin llegó al ensayo (una hora tarde, pero llegó). Cuando me la presentaron excusé su baja estatura, sus cortos brazos y piernas, su enanismo mani­fiesto, su abotagada cara, pero lo que si ya no pude pasar por alto fue su dificultad para pro­nunciar la Ce antes de la Te. Los otros eran o maestros o estudiantes de los primeros años de bachillerato que jamás asistieron a un en­sayo o porque estaban en una pedrea cerca a la universidad o porque, cuando al fin pude co­nocerlos, tenían un desafío de “boletrapo” en una de las polvorientas calles del popular El Silencio contra la barra del Olaya.
¡Ah, Barranquilla, tierra pródiga para hacer teatro!


III

Y el tiempo iba pasando y el calor que al prin­cipio fue una sensación que me recordaba amablemente mis vacaciones de niñez en Turbo, se fue convirtiendo en una tortura que me escaldaba las piernas y que unida a la falta de dinero me ampollaba los pies por las largas caminadas para buscar a Telecom, único edifi­cio público que tenía aire acondicionado en aquel desordenado mundo.
A los días ya todos los empleados de la telefónica me conocían, sabían que yo no pediría nunca una llamada, pero me toleraban como acompañante permanente. Me veían llegar, se sonreían, con un gesto amable me señalaban una de las sillas cómodas y con ese mismo gesto me despedían cuando dejaban el edificio en manos de los celadores nocturnos. En ningún lugar del mundo, salvo en el sanitario, he leído tanto como en el Telecom de Barranquilla.
Después de descubierto el aire acondicionado el tiempo fue aún más lento, la barriga de La Flaca más grande, el silencio más profundo, el hambre una costumbre y la resignación un estado.
Ya por esta época habíamos descubierto nuestro barrio San Felipe. A todo el frente de la casa permanecía sentado un hombre her­moso con guayabera blanca; todo el barrio le rendía tributo con su saludo y nunca faltó el ¡Buenos días o buenas tardes o buenas noches señor Mandrake! Mandrake había sido mecánico de aviación en los hangares del aeropuerto de Soledad y un malhadado día al caerse un motor le cortó las piernas por encima de las rodillas, por eso Mandrake permanecía recostado al frente de su casa de madera en un taburete sin patas delanteras. No se necesitaba un ojo aguzado para darse cuenta de que Mandrake manejaba todo el negocio de marihuana y que su hijo Jaimito, un insoportable y amoroso cagón de doce años, hacía de jíbaro en La Cita y en otros lugares del convulsionado San Felipe.
A Mandrake le gustaba el ron con agua de coco, si no hubiera sido por esto tal vez jamás hubiéramos hablado con él. En el patio de la casa teníamos un cocotero enano que vivía en cosecha, allí supe que una palma de coco pro­duce trescientos sesenta y cinco frutos por año, los mismos que bajó Jaimito con o sin permiso para el ron de Mandrake. Un día me mandó llamar con su hijo: “Señor Rodrigo, puede estar tranquilo que en este barrio no le pasa nada y llévele a la niña Gabriela esta jarra de jugo de guayaba que le sirve mucho para la preñez”. A partir de aquel momento, todos los días Mandrake me tenía una jarra de jugo a cambio de los cocos de nuestro patio, él tenía un guayabal en el suyo.
Los choferes de las “guaguas” nos reconocie­ron desde la segunda vez que subimos a sus destartalados buses de madera: -“Un puesto para La Flaca, que tiene la barriga llena de huesos.”¡Ajá! ¡Gringo, siéntate aquí!” y viajaba en el puesto del confidente (un cajón que ta­paba la batería al lado izquierdo del chofer). “¡Ajá, Gringo, saca la mano!”. -”Gringo, de­vuelta de dos” y entonces era ayudante de bus por un rato, único oficio que desempeñé en Barranquilla en toda mi estadía.
Stella, una empleada del Ley que nunca supe en donde vivía se aparecía de vez en cuando con carimañola para la señora Gabriela, ella nunca había visto una barriga tan grande y cierto es que Gabriela era tan flaca que su ba­rriga parecía desproporcionada para aquel cuerpecito.
Y las tías... las tías. Viendo el profesor Peña las dificultades por las que atravesaba el joven matrimonio, nos recomendó ante unas ancianas tías suyas que tenían un grane­rito a cuadra y media de nuestra casa para que nos abriera una cuenta en caso de necesidad. No bien se había despedido el misericordioso intelectual, yo estaba pidiendo salchichón por tajadas, una libra de arroz y seis huevos para inaugurar el plato que se repetiría día a día hasta el fin del embarazo de Gabriela. Creo que El Profe pagó siempre los pedidos. Estoy seguro de no haberlo hecho yo  porque en aquella época no mantenía ni un peso en el bolsillo.
¿Qué hacían un jovencito de veintiún años, hijo de una familia pequeñoburguesa, de la mejor extracción jesuítica y educado en un ambiente profundamente religioso y conservador y su joven esposa, hija de un millonario cafetero, de gustos extravagantes que había puesto los ojos en su hija para llevarla de su mano por Balzac, Víctor Hugo y los otros clásicos france­ses, en estas tierras del calor y el vallenato?
Recién pasados a la “mansión de San Felipe” salimos a conocer el vecindario: arquitectura de tierra caliente que unida a la pobreza, con­figuraba el conjunto urbanístico más feo por el que había caminado en toda mi vida
Las calles polvorientas, de una menuda arena perla sucio; las casas, casitas y casuchas de colores pasteles diluidos por el tiempo, cho­rreadas por el agua y resecadas por el sol. Los techos de zinc, paja o eternit rebotaban la lu­minosidad de la tarde a modo de espejos unos contra otros y como la resistencia superior de un horno cerraba el espacio con su hiriente reflejo y nos obligaba a caminar con la cabeza abajo, los ojos entornados para espantar el también hiriente reflejo del suelo. No se movía una hoja de los escasos almendros, el aire estaba detenido entre la tierra y el cielo y reverberaba. La estridencia de mil vallenatos que salían disparados por las ventanas y puertas de las casas, los gritos de mil comadres de alero a alero contando los chismes, los agudos lamentos de jovencitas peleándose, los roncos gritos de hombres borrachos, los seiscientos cincuenta niños por metro cuadrado en febril lucha en medio de la polvareda y la barahúnda detrás de la “boletrapo” configuraban el edénico lugar en donde habíamos escogido vivir.
La barriga de La Flaca crecía desmesurada­mente y en proporción directa a nuestra sole­dad. Los inquilinos de la casa seguían allí como presencias vocingleras que habíamos decidido ignorar. Encerrados en una celda conventual permanecíamos la mayor parte del día en el bochornoso calor oscuro, acompañados por nubes de moscas, zancudos y cucarachas voladoras del tamaño de tortugas.
Habíamos depositado doscientos cincuenta pesos en la Clínica Colombia como adelanto para el parto que no sabíamos ni para qué día ni de qué mes. A estas alturas del embarazo, Gabriela jamás había ido al médico, llevaba su preñez con la naturalidad de un animalito montaraz y con la tranquilidad con que habíamos hecho el amor en los apartamentos en donde nos cogía la noche después de intensos días de lucha estudiantil y de agotadores ensayos de teatro en la Universidad de Antioquia.
La Clínica Colombia en la esquina de la 65 con 28, era en realidad un abortadero que nos ha- bíamos encontrado en una de las caminadas obligadas en busca de un poco de paz y sole­dad, y que quedaba a cuadra y media de la casa. Después de hablar con la enfermera, una diosa guajira venezolana de olivos en los ojos y en la piel, decidimos que ésta sería la clínica para el parto: estaba cerca de la casa y al alcance de nuestro menguado presupuesto; sólo faltaba esperar las lunas y los dolores.
Entre tanto el tiempo continuaba detenido en la humedad, el sopor y la tristeza.



IV

Los sábados viajaba a Baranoa, una especie de caserío extraviado de la sabana africana; debajo de un inmenso tamarindo en el patio comunitario de las chozas, pude hacer al fin un ensayo de tea­tro. A las diez de la mañana las empalizadas que marcaban los límites del improvisado es­cenario se llenaron de ojos chiquitos, de ojos ancianos, de ojos femeninos. Al ensayo asis­tieron veinticinco mulaticas del Liceo Munici­pal, que nunca supe por qué habían ido, por­que ninguna de ellas había asistido jamás a una obra de teatro. Me tocó improvisar un ensayo de ejercicios coreográficos al son de una tumbadora que tocaba una niña de doce años y que llevaba ritmos frenéticos que todas seguí-an, desnudando sus genes negros. Al final, por todas partes, brotaron aplausos y felicitaciones para las participantes. La gente me miraba como un marciano barbado y todos los niños querían tocarme y se ofrecían para el próximo ensayo. Después de tanta hambre pude saciarme: había hecho teatro al fin y de la casa de los Martinianos me invitaron a almorzar tortuga, arroz con coco, patacón y jugo de corozo.
Al buscar la flota de regreso para la metrópoli comprendí por qué los hombres habían faltado a la cita: todos estaban bebiendo ron Tres Es­quinas con soda y Coca-Cola en el único billar del pueblo. Brindé con ellos un trago de ron y nunca más volví a Baranoa.


V

Y un día llegaron los carnavales a Barranquilla, el profesor Peña, como buen samario, huía todos los años de esas endiabladas fiestas; era un hombre sereno, meditabundo, el único costeño que he conocido en mi vida de hablar suavecito, lento, en un castellano perfecto y con una musicalidad seductora: -“P-á-s-a-t-e... p-a-r-a... m-i... c-a-s-a... e-s-t-a... s-e-m-a-n-a... d-e... c-a-r-n-a-v-a-l...q-u-e... a-l-l-í...         v-a-s...a... e-s-t...a...r ...m-á-s...c-ó-m-o-d-o,... t-e...d-e-j-a-m-o-s...l-a... n-e-v-e-r-a...      p-l-e-n-a...” y aunque comprendí que mi viejo amigo lo que necesitaba era a alguien que le cuidara su casa por una se­mana, acepté mi nuevo puesto de celador. Al fin me permitía alejarme unos días del infierno del inquilinato y Gabriela podría descansar de su encierro. Pasar unos días en el Barrio El Paraíso era ya un principio de milagro sin tener que soportar aquel pueblo enloquecido de música, ron, harina y baile que se presentía en San Felipe, por las verbenas semanales que habían hecho preparando el carnaval.
El miércoles recogimos nuestros escasos tra­pos en la única maleta que teníamos y que ya estaba dispuesta como cuna para el próximo inquilino. El profesor Peña nos dejó en su casa. ¡Solos al fin! ¡A la nevera! ¡Al televi­sor! ¡Al equipo de sonido! ¡A la biblioteca! Como niños en una casa embrujada visitando aparatos que hacía meses no veíamos. Un me­recido sosiego, un justo descanso.
Y el jueves, y el viernes deambulamos por las sosegadas calles de aquel barrio pequeñobur­gués que nos parecía el cielo y cada entrada a la casa, un asalto a la nevera para recordar sa­bores perdidos y temperaturas ajenas. Ya no había calor, ni humedad, ni aburrición.
Las delicadas brisas atemperaban el día. Un sábado como ninguno en mucho tiempo. Sa­limos a caminar por las alamedas de aquel conjunto de amplias casas que con sus por­ches, sus antejardines enverdecidos por las re­gaderas de las criadas, sus sombríos de al­mendros, sus buganvilias coloridas, se con­vertía en una isla idílica en aquella Babilonia carnestoléndica. Los últimos centavos los gastamos despreocupadamente en chucherías, para acompañar una larga tirada de televisión en esa tarde de sábado, en el supermercado “Olímpica” cerca de nuestra nueva casa.
A pesar de los esfuerzos y la gula la nevera se­guía llena. Un litro de leche y un frasco de brevas con arequipe para la glotonería en reposo de Gabriela fueron el suave postre de jamones en sanduche con lechuga y tomates frescos. Un banquete de juventud.
Después de semejante revoltijo romano, lo único que queda es un dolor de estómago. En­contré sin mucho esfuerzo un Alka-Seltzer y con un regaño propio de un prefecto de disci­plina se lo serví a Gabriela y me senté a hacer malacara frente al televisor.
¿A quién se le ocurre un dolor de estómago un sábado de carnaval en Barranquilla? Y cuando el dolor se prolongó más allá de dos revistas Cromos viejas que leíamos en el sanitario permanentemente, adiviné que Gabriela es­taba embarazada. Como ninguno de los dos sabía nada de esas ciencias salimos a la calle a preguntarle a alguien, con tan buena suerte que en la casa vecina, una criada negra uniformada de negro con cara de matrona y que regaba con una manguera los crotos de colores y los crespos cuernos de hojas gigantes, nos con­firmó el lejano presentimiento: -” ¡Ajá! La ni­ñita ya comenzó, ¿y quién te la va a atender?”
¡Ay! Ahora Gabriela estaba de parto y no habí-amos alejado justamente el día indebido de la Clínica Colombia y sin un peso en el bolsillo. Cuando la matrona negra de la manguera hubo oído nuestros lamentos: -“¡Ah! Estos muchachos tan locos; vuélate para la clínica que va y te coge en la calle… y por los veinte pesos no te preocupes que yo se los co­bro al profe Peña”
Nos recibió en la Clínica Colombia la de los ojos olivos. La clínica era una casa cualquiera de barrio con tres habitaciones: la una, el con­sultorio-quirófano, en la otra la pieza de las pacientes y la tercera la recepción, tan impro­visada como todo el conjunto.
-“La niña se queda, tú no puedes quedarte acá, déjanos el teléfono y te avisamos cuando nazca la criatura”. Con el tiempo le he perdonado la dureza y la he vuelto a ver bella en el recuerdo, al fin era la única costeña en todo Barranquilla que no estaba bailando aquella noche. -“Y tráete una pijama para la seño”. Y vi desapa­recer a Gabriela, por primera vez lloraba, y yo mudo, seco, vacío y quemándome la veía chi­quitica, indefensa, entrando en un infierno que me estaba vetado.
Con los $2,20 de la devuelta del taxi me compré un paquete de Pielroja y hasta el último centavo en esos panes dulzones que sólo venden en las tiendas de Barranquilla.
Todo era oscuro: la luz de la calle, la luz de la casa, el griterío de las verbenas callejeras. Salí a caminar por los polvorientos callejones que ahora estaban transformados en consecutivas pistas de baile, separadas unas de otras con frágiles enramadas de hoja de palma. En cada cuadra un pick-up a volumen impensado que golpeaba el pecho y aceleraba el ritmo del co­razón. Todos los muebles en los porches de las casas y mesitas en las aceras con dulces y aguardientes para atender las hordas de baila­rines enharinados.
La harina, el calor, el sudor y el vallenato pro­ducían una masa desagradable que se movía convulsivamente al ritmo de una genética des­conocida para mí.
Me senté al lado del teléfono a comer panes dulzones, a fumar y a dejar que el tiempo pa­sara en la casa de Lucho Arrieta, di el número de su casa pues sobra decir que en nuestro in­quilinato no había teléfono.
Lucho era un momposino pródigo que había abandonado su ancestral filigrana para dedi­carse a enseñar química en un colegio oficial  y a beber todas las noches. Su casa era una fiesta. Allí estaba prohibido el vallenato pero una vieja radiola Philips rascaba porros de 78 R.P.M. veinticuatro horas al día. En vísperas de la Gran Parada, la casa de los Arrieta era un báratro de ruidos, de sofocadas parejas y de chorros de ron. Sentado al teléfono miraba aquella escena; me sentía lejos, extraño, ex­tranjero. Me preguntaba cómo sería yo si hubiera nacido en Barranquilla.
En medio de aquel orden escatológico yo espe­raba la llamada de la princesa guajira.
Deshice el camino de los bailes en segundos, la noche había cedido al día la luz tenue de las tres de la mañana y con ella un coro de borra­chos danzarines que se abría a mi paso y lan­zando harina me saludaban. Recibí el tributo de sus bárbaras costumbres con la compren­sión y felicidad de un antropólogo. Me espe­raba en la puerta de la Clínica Colombia un hombre blanco, alto y fornido que más parecía un ingeniero civil que el doctor Vallejo, dueño de aquel negocio próspero que atendía hasta en las noches de Carnaval. -“No fue fácil, pero todo salió bien. Pase a saludar a la señora y a conocer al niño”.
Dos mujeres recién paridas con sus críos, to­dos rendidos por esa lucha con la vida eran atendidos piadosamente por la de los ojos oli­vos, que ahora vestida toda de blanco ilumi­naba aquella habitación sórdida, de camas es­trechas en fila. -“Ajá! Mira a tu Joselito Carna­val que bien salió” y vi aquel amasijo largo, flaco y húmedo que tenía una capa de vello negro desde las cejas hasta las nalgas, tirado boca abajo. Lo reparé detenidamente parte por parte, a la distancia del miedo lo hice voltear para verle la cara, las manos, todo su cuerpo; en aquel estado de humedad y arrugamiento no podía distinguir lo malo de lo bueno, ni lo bello de lo feo. Era simplemente un niño recién nacido y yo jamás había visto uno. Gabriela estaba allí acurrucada y aunque demacrada y dormida, su cara era un himno de alegría y satisfacción.
El doctor Vallejo me esperaba en la puerta para recordarme que le debía doscientos cin­cuenta pesos del contrato y cincuenta pesos por la noche de la habitación, que ahora era llamada de postparto.
La casa estaba tan silenciosa como las calles. Nuestros inquilinos atravesaron la cuarta di­mensión del Carnaval y por fin habían aban­donado la casa al menos por unos días; sólo Alejandro en su blanquísima pulcritud me es­peraba con un arroz refrito y unos huevos re­vueltos. Me senté a escribir no sé qué y me quedé profundamente dormido hasta cuando el sopor de la media mañana me recordó la deuda de los trescientos pesos.
No más pisé la calle, recién bañado, con mis pantalones azul claros y la camisa blanca, de todas partes llovieron bombas de agua y kilos de harina y un coro de mujeres y niños cele­braban el nacimiento de mi Joselito, y al frente Mandrake, desde su silla, brindaba con ron y agua de coco y me ofrecía de nuevo su jarra con jugo de guayaba para la recién parida.
Las tías venían de regreso con un portacomi­das, todo el barrio se había enterado ya del na­cimiento del hijo de la flaca de la barriga grande.  La mañana había sido una romería a la Clínica Colombia. Y así pasaron el lunes y el martes. El jugo de guayaba de Mandrake, las carimañolas de la empleada del Ley y los por­tacomidas que van y vienen de la casa de las tías y cada día cincuenta pesos que se suman a la cuenta y aún falta mañana, Miércoles de Ceniza, inicio del ayuno y la Cuaresma y final del Carnaval.
Los llantos por la muerte de Joselito Carnaval, se confunden al amanecer del miércoles con los lamentos de pobreza y de guayabo en que ha quedado sumida la ciudad. Asaltada por la rumba, los disfraces, el ron y el vallenato, Ba­rranquilla es una ciudad en ruinas y sus habi­tantes sobrevivientes de una catástrofe que señalan con cruces sus frentes para emprender el nuevo ciclo de vida.
El inquilinato se ha poblado de nuevo de oje­rosos fantasmas sedientos, que deambulan semidesnudos entre la ducha y la sombra de la palma de coco. ¿Cómo rehacer su moral pro­letaria después de los desmanes del Carnaval, sin cenizas en la frente como lo hacen los católicos?
No hay en todo Barranquilla cuatrocientos cincuenta pesos. Me niego a pedir un favor más, a un ruego más, a una súplica más.
No me quedó otro remedio que llamar a Me­dellín, avisar en mi casa que ya eran abuelos y tíos para que liberaran a Gabriela y al nieto de ese infamante estado a donde los había lle­vado mi hybris juvenil.
Incluso la llamada telefónica fue sumada a la cuenta. Cuenta que pagó hasta el último cen­tavo el señor del Dodge Dimond verde limón último modelo, que se llevó esa noche a Ga­briela con su hijo. -“Y mañana la embarco para Medellín a las diez de la mañana en el vuelo de Aerocóndor. Sólo supe que una llamada había hecho el milagro.
Y cuando retiraron la escalerilla del avión, entendí que me tocaba quedarme en Barran­quilla.
Solo, profundamente solo caminé de Soledad a San Felipe sin prisa, sin pensamientos. No sentía calor ni sed ni hambre, únicamente una inmensa tristeza y un odio infernal contra el mundo y contra mí mismo.


VI

Mi pluma Parker 51 que había sobrevivido a todas las calamidades cogió el camino sin re­greso a una prendería en la Calle de las Vacas. Al inquilinato lo invadieron el silencio, el desorden y la mugre. Ya todo había terminado y habíamos quedado desolados y tristes. La in­validez había acallado mi boca. Temprano en la mañana buscaba refugio en Puerto Colom­bia debajo del destartalado muelle, allí pasaba las horas con el descompasado caminar de los cangrejos, con la caída en picada de los torpes alcatraces, con la llegada de las canoas. Dos o tres veces al día caminaba descalzo por la playa de arenas negras, pero nunca fui capaz de traspasar el horizonte y regresaba al som­breado refugio de aquel muelle abandonado.
Tenía algo de poético, de romántico, de atrac­tivo quedarse quietecito y silencioso con los ojos cerrados dejando que el cuerpo se poblara de pequeños cangrejos para que con un movi­miento todos salieran huyendo y verlos pelearse por un refugio en la arena.
En todos esos días de Puerto Colombia sólo le permití hablar a Rulfo, que con el misterioso sonido mexicano de su “Llano en Llamas” me procuraba una especie de consuelo. El libro me lo había llevado de regalo el profesor Peña y fue lo único bueno de toda mi estadía en Barranquilla.
El Regreso a Medellín no era una opción, era la obligación en la derrota.
Una nueva llamada a Medellín y un nuevo milagro: Un camión de Transportes Rafael Salazar estaba al frente de la casa. Cargaron sin ningún cuidado todos y cada uno de los pocos bártulos. La casa quedó vacía, los inquilinos habían huido presintiendo el desastre. Vi alejarse el camión después de perdida mi es­peranza de viajar en él. No volví a entrar a la casa. Por debajo de la puerta dejé la llave, y con Mandrake, -”Dígales que ya no voy a vol­ver.”
Caminé hasta el Paseo Bolívar, una cami­nada lenta como tratando de borrar toda me­moria.
Ya no estaba en Barranquilla. Ahora estaba en el territorio interior, allí en donde ni un sa­ludo, ni una burla, ni la bulla, ni el calor, ni el vallenato pueden penetrar.
Por allá en el fondo todavía sentía algo de mi responsabilidad y quería quedar en paz con el T.A.R. y con el partido que me habían despla­zado con “los pies descalzos”. Llamé a Cama­cho y después de informarle de mi lamentable situación y suplicarle que me comprendiera, me respondió con la sequedad científica de la organización política: “Usted depende es del Regional del Atlántico”. ¡Ja! Regional. Una re­cua de patanes más pobres mental que física­mente a quienes no les debía ninguna explica­ción.
¡Adiós, Barranquilla, Puerta de Oro!
Diez y siete horas en bus por la maltrecha ca­rretera llamada “A la Costa” fueron suficientes para irritar mi odio acumulado por meses y para jurar en cada curva del camino que jamás, bajo ningún motivo ni circunstancia, volvería a Barranquilla, la ciudad más fea y más maluca -incluyendo a Montería- que había conocido en toda mi vida.



EL EJÉRCITO DE LOS GUERREROS
Obra en ritmo de contradanza
De Rodrigo Saldarriaga


PERSONAJES

General
Edecán
Coronel Márquez
Coronel de artillería Benito Herrán del Batallón Cordillera
Capitán de fusilería Antino Flórez
Teniente de Infantería ascendido al grado de General y Ministro de Guerra Leopoldo Valdivieso
Susana Llamas  (moza del General)
Ejército de Guerreros



CUADRO I

Un viejo General de las centenarias guerras civiles está ante una luna quebrada organizando sus harapos de poder: un frac de levita, un bicornio emplumado, un bastón de mando que parece más el plectro de un poeta y sobre toda su desgastada humanidad se cala una banda presidencial tricolor que tiene los años de la República; es un oficiante ante el espejo. Y sus compinches, más viejos, más mugrosos y más locos que él, se están dando un banquete y totalmente borrachos hacen un coro delirante de poder.

GENERAL

Este es un país de mierda, gobernado por hombres incultos en donde no se respeta el poder ni la gloria; en donde el saber, la tradición y el destino son ignorados, y en donde el poder ha caído en las manos extrañas e inescrupulosas de buscadores de fortuna y aventureros que no han pensado jamás que en la presidencia recae una obligación superior y que no es la vanidad personal la que debe buscar el pollino sino la posibilidad de aglutinar las fuerzas ignotas de la sociedad para lanzarla a nuevos destinos y encontrar una felicidad que al fin justifique todos los sacrificios, angustias, dolores y muerte de estas guerras que hemos emprendido...

TENIENTE LEOPOLDO VALDIVIESO

(Y todos los borrachos en la "ceremonia", medio en burla, medio en serio) Teniente de infantería Leopoldo Valdivieso se presenta ante mi General y prestará los servicios necesarios para salvar a la patria. ¡Un trago por mi General y otro por mí! (Es un brindis delirante que termina en una carcajada convulsiva).
GENERAL
(Ante el espejo sin percatarse de nada) ¡Por la gloria!

CORONEL BENITO HERRÁN

Coronel de artillería Benito Herrán del Batallón Cordillera, derrotado injustamente en más de veinte batallas (Para el grupo de borrachos)  femeninas-presenta honores al general supremo de las fuerzas... (Ya no puede seguir hablando, la risa lo ahoga).

GENERAL
¡Por el honor!

CAPITÁN ANTINO FLÓREZ

(Al coro de borrachos) ¡El General está más loco que una cabra! (Al General) Capitán de fusilería Antino Flórez saluda al General y trae un parte victorioso de la batalla de Las Cruces. (Al coro) ¿Qué es lo que pretenden? Yo vine a tomarme unos tragos y no a jugar a la guerra.

GENERAL

A la salud del capitán de fusilería Antino Flórez. ¡La gloria lo acompañe siempre!

ANTINO FLÓREZ

Ojalá Dios lo oiga General porque hasta el sol de hoy sólo me ha acompañado Miseria de Flórez. (Suelta una sonora carcajada)

BENITO HERRÁN

(A Flórez) Sígale la cuerda al General no sea que nos eche de aquí y nos quedemos sin los traguitos.

GENERAL

Es hora de la recogida. Teniente Valdivieso reclute las tropas, que presenten honores a la bandera y que formados presten juramento a sus armas. A partir de este momento usted queda nombrado Ministro de Guerra.
ANTINO FLÓREZ
(Con una risotada) ¿Ministro de Guerra?
GENERAL

Será el primer decreto que firme al llegar a Palacio... Decreto 001. Por el cual se asciende al grado de general y se nombra Ministro de Guerra al Teniente Leopoldo Valdivieso, héroe de mil batallas y gloria de la patria.

EDECÁN

(Entrando) General: cuarenta de los mejores hombres están en la plaza esperando la orden de marchar a Palacio.

BENITO HERRÁN

No se lo tome tan en serio, dele mejor un trago al General y barájele la pita a ver si se olvida de la locura de marchar hoy a Palacio.

EDECÁN

(Más serio que el General) Mi coronel, no sé a qué se refiere, yo sólo cumplo órdenes y los hombres están a la espera.

GENERAL

Cuatro veces he gobernado este país, cuatro veces he ordenado la nación, cuatro veces he dejado la patria en paz, cuatro veces he trazado el camino del progreso y la felicidad y cuatro veces estos enanos mentales lo han desbaratado todo y tras sus mezquinos ideales han arruinado a la plebe, conduciéndola como manada al desolladero y la perdición. Hoy es el día definitivo para organizar esta recua de incapaces, hoy por quinta vez asistirá el país a la posesión de su salvador, hoy por fin llegará nuevamente a Palacio el presidente que necesita el momento, acompañado de los preclaros hombres para de nuevo mostrar los senderos de la paz y el progreso.

LEOPOLDO VALDIVIESO

Afuera hay una turba de borrachos dando vivas al General y lo llaman el salvador y presidente de la patria. ¿De dónde apareció ese gentío?

EDECÁN

Me dijeron que regara la noticia de que el General se iba a tomar hoy la presidencia y fui por chicherías y cantinas llevando la nueva y todos se vinieron detrás de mí.
LEOPOLDO VALDIVIESO
Usted los trajo, usted se los lleva.
EDECÁN
Yo sólo cumplo órdenes superiores.
LEOPOLDO VALDIVIESO

Pues yo soy el Ministro de Guerra y le ordeno se los lleve.

EDECÁN
¿Para dónde?

LEOPOLDO VALDIVIESO

Para donde le dé la gana, pero aquí ni los queremos ni los necesitamos. (Entra una turba con banderas, estandartes, cañones, etc. ")

GENERAL

(Ensaya ante el espejo) Sólo la muerte me alejará de mis deberes para con la patria, y cuando ya las fuerzas me abandonen y no tenga ni un aliento podrán hacer con ella lo que les plazca pero con la certeza de que desde la tumba los maldeciré y si logro permiso del Altísimo regresaré como un jinete apocalíptico a destruirlos y a buscar nuevamente el orden y la paz; velaré como una sombra para que esta patria ensangrentada algún día sea espacio para cada uno y que cada uno haga por ella lo que merece y necesita.

CORO DE GUERREROS

(Cantando y bailando)
Hemos esperado tantos años este día
anhelando  que al menos nos llamen al combate,
venimos con banderas, insignias y garrotes
a gritar: ¡Viva el General! ¡Viva el General!
¡Qué viva el General a sabiendas que es un loco!
¡Viva el General! ¡Viva el General! ¡Viva!

Gamines, putas y borrachos,
vagos, desheredados y otras cosas
conforman el ejército harapiento
que dará al General la nueva presidencia.

La dirección de Palacio no sabemos
y si por allí alguna vez hemos pasado
creímos que era una casa de putas elegante.

GENERAL
¡Ha llegado el momento y ahora...todos a Palacio! (Es la marcha desgarradora de un remedo de ejército victorioso. A medida que desfilan van saqueando la casa después de beberse hasta la última gota de licor. La escena queda vacía y en un rincón, al quitar la luna, están acurrucados el Teniente Valdivieso y el Coronel Herrón. Van aproscenio)
LEOPOLDO VALDIVIESO
¡Pobre General!
BENITO HERRÁN
Los años y la ambición no son buenos consejeros.
LEOPOLDO VALDIVIESO
¡Pobre General!



CUADRO II

El General está en su covacha que ahora es la sala de reuniones del Consejo de Ministros, está sentado en la cabecera de una larguísima mesa de juntas, en el otro extremo está el Coronel Márquez, Ministro de Economía. Va de lado a lado de la mesa, el edecán como si fuera un intérprete.
CORONEL MÁRQUEZ

Dígale a su excelencia que sólo será posible salir de esta terrible crisis económica liberando a los esclavos para crear una fuerza de trabajo que ingrese al mercado y genere nuevas condiciones en la estructura económica del país y que si no está dispuesto a aprobar la liberación de los esclavos presento renuncia irrevocable al Ministerio de Economía.
     EDECÁN
Dice el Coronel Márquez que...
GENERAL

(Gritando)  ¡ Ya lo oí, ya lo oí!   No crea que estoy sordo, usted sabe muy bien que lo único que quiero es que ese señor no me dirija la palabra directamente... y dígale que tiene mi apoyo para que desarrolle los planes que más le convengan a la República y que no vuelva a amenazar con la renuncia sino quiere que le haga efectiva la condena que tiene pendiente.
EDECÁN

Coronel Márquez, dice el General que cuente con su apoyo para que desarrolle los planes que más le convengan a la república y que no vuelva a amenazar con la renuncia sino quiere que le haga efectiva la condena que tiene pendiente.
CORONEL MÁRQUEZ
Dígale al General que...
GENERAL

Dígale al Coronel Márquez que haga lo que más le convenga a la patria.

EDECÁN

Dice el General que haga lo que más le convenga a la patria.
CORONEL MÁRQUEZ
Dígale al General que...

GENERAL

Dígale al Coronel Márquez que haga lo que le venga en gana, pero que saque al país de esta dolorosa situación económica en la que la dejó el gobierno anterior. Y adiós, que se puede retirar.

CORONEL MÁRQUEZ

Dígale al General que cumpliré su deseo, que saldremos de la crisis y que adiós.

EDECÁN

(Al General con un saludo militar) Adiós. (Al Coronel con un saludo militar) Adiós. (Sale el Coronel Márquez).

EDECÁN

General, ¿qué va a hacer con la condena que tiene pendiente el coronel Márquez?

GENERAL
Redacte un indulto por dos meses prorrogables como la última vez y envíeselo al ministerio.
Cuarenta y ocho años sin dirigirle la palabra a ese traidor y cuarenta y ocho años que no me he podido desligar de su saber. Si el Coronel Márquez no hubiera traicionado la patria hoy sería el más grande de los hombres de este cagadero.
(Cantando)
Negros y esclavos los necesita la patria,
un nuevo mercado con ellos nacerá.
Qué pesado resulta mantenerlos,
qué costosos sus hijos y mujeres.
Mejor que sean soldados, mineros y artesanos,
ellos trabajarán felices,
ellos ganarán su pan
y creerán que la libertad
se las dio sin costo el General.

EJERCITO DE GUERREROS

(Cantando)
¡Queremos la esclavitud,
abajo la libertad!
Libres no queremos ser,
amamos al General.

No queremos la libertad,
mejor vivimos así.
¿Qué haremos ya sin amos,
a quién podremos querer?

Dejar la casa del amo
es perder nuestros derechos,
olvidar nuestros cariños.
¡Abajo la libertad!
¡Y viva la esclavitud!

GENERAL

(Dictando un decreto)... a partir de la firma del presente decreto quedan libres los esclavos y sus descendientes, adquiriendo todos los derechos de los ciudadanos de la República... Comuníquese y cúmplase. ¡Viva la libertad! ¡Abajo la esclavitud!


EJERCITO DE GUERREROS

(Un canto muy débil)
Queremos la esclavitud,
abajo la libertad.
Libres no queremos ser,
amamos al General.
(Este coro se repite y se va perdiendo mientras los guerreros se acuestan en todos los rincones de la covacha del General).






 CUADRO III
Es la misma covacha del General. Todo está dispuesto como en una sala de un Tribunal. El General dicta sentencia.
   GENERAL
¡Hoy será fusilado!
EDECÁN

Sotana, amito, alba, cíngulo, estola, capelo, mitra, báculo, eso fue lo que ordenó, General, pero las monjitas del convento de San Francisco se negaron a prestarlos...

ANTINO FLÓREZ

(Entra vestido con las prendas sagradas). Pero aquí están, General.
LEOPOLDO VALDIVIESO
(Saludando) Santísimo Padre! (Suelta una carcajada)
GENERAL

A partir de este momento, Santísimo Padre, queda en capilla y será ejecutado al amanecer.

LEOPOLDO VALDIVIESO

General…

GENERAL

Retiren el condenado a capilla.
LEOPOLDO VALDIVIESO
Pero, General...

GENERAL

No quiero oír una palabra más del condenado, ya tuvo tiempo suficiente en el consejo de guerra y allí se negó a hablar. Retírenlo. (Es una orden perentoria)

EDECÁN

General... General... (El General se retira a su escritorio, escribe y no oye. El coro de guerreros se enfrenta)

CORO DE GUERREROS

General, queremos a los curas
la Iglesia nos hace mucha falta.
Ellos nos perdonan los pecados
sin ella nos vamos al infierno.

CORO DE GUERREROS

Fuera curas jesuitas
no los queremos aquí,
nos topamos en el cielo
si alguna vez nos vemos allí.

CORO DE GUERREROS

Somos católicos, apostólicos, romanos
amamos al Papa y sus obispos.
 No queremos que se vayan,
los queremos siempre aquí.

CORO DE GUERREROS

o queremos curas, ni cardenales ni papas,
somos ateos, no creemos en nadie.
Sus propiedades son nuestras,
no los queremos aquí.

GENERAL

Señor  Canciller, lea lo  relacionado al fusilamiento de un Papa.
ANTINO FLÓREZ
Ahora si el General se enloqueció del todo.
LEOPOLDO VALDIVIESO

Quédese callado, no sea que se dé cuenta; por lo menos pudimos quitarle la ropa del condenado, si no lo estaría fusilando a usted.

EDECÁN

La guardia papal debe permanecer en silencio durante toda la noche, no debe perturbar el sueño del condenado.

ANTINO FLÓREZ
i Ahora sí! Este se chifló del todo.
BENITO HERRÁN

Ese toda la vida ha sido más loco que el General.

EDECÁN

En el capítulo XIII dice: "Protocolo para el fusilamiento de un Papa..." pero no dice nada más, está en blanco.

GENERAL

Entonces, escriba: (Dicta. Entre tanto el Ejército de los guerreros le quita las prendas a Antino Flórez y se las ponen a un muñeco de trapo) El Papa permanecerá en capilla una noche y al amanecer, con el tercer canto del gallo será sentado en la silla estercolaría para hacerle la prueba de identidad. Recibirá la absolución de su confesor... (El General se retira a su rincón, sumido en profundos pensamientos).

ANTINO FLÓREZ

¡Kikirikí!
LEOPOLDO VALDIVIESO
(Anunciando ceremonioso) Primer canto del gallo.

ANTINO FLÓREZ
¡Kikirikí!
LEOPOLDO VALDIVIESO
(Anunciando ceremonioso) Segundo canto del gallo.

ANTINO FLÓREZ
¡Kikirikí!
LEOPOLDO VALDIVIESO

(Anunciando ceremonioso) Tercer canto del gallo.

EDECÁN

Comienza la ejecución. El Papa será sentado en lasilla estercolaria para hacerle la prueba de identidad. Recibirá la absolución de su confesor; dará por última vez su bendición Urbi et Orbi, pedirá públicamente perdón al General y esperará pacientemente la descarga de la fusilería. El General se acercará y hará el tiro de gracia. El médico examinará el cadáver y expedirá el certificado de defunción. La ayuda de cámara del Papa, cubrirá el cadáver con un gran manto negro de la Orden del Santo Sepulcro. El cuerpo del pontífice fusilado será enviado a Roma, paseado de San Pedro a San Juan de Letrán, su cuerpo será arrojado al Tiber y su nombre borrado de los anales de la cristiandad.

(El Ejército de los guerreros ejecuta el protocolo. El General da la orden de ¡Fuego! y él mismo descarga el tiro de gracia).


GENERAL

(Cantando)
Ni píos ni papas necesita la patria.
El estado es del pueblo;
el estado es el estado
y el estado soy yo.

Si él pudo excomulgarme desde Roma,
yo pude fusilarlo desde aquí!

(El muñeco fusilado se convierte en una "vacaloca" arrastrada por el Ejército de los guerreros, mientras suenan las doce campanadas todos gritan y celebran)

  


CUADRO IV
Hay un ambiente lúgubre en la covacha del General. El Ejército de Los Guerreros entona oraciones fúnebres, es el coro de las beatas entonando el rosario.

CORO

DiostesalvemaríallenaeresdegraciaelSeñorescontigo ybenditatueresentretodaslasmujeresybenditoseaelfrutodetuvientreJesús...

EDECÁN

GloriaalPadregloriaalHijogloriaalEspírituSanto...
CORO

Comoeraenunprincipioporlossiglosdelossiglosarnén...

GENERAL

El quinto misterio glorioso son las cinco mil y más batallas libradas y ganadas por Simón Bolívar.
CORO
(Cantando) Gloria, gloria, aleluya.
EDECÁN

General: redoblan las campanas de la Basílica para la misa de cuerpo presente y ya el cortejo fúnebre lo espera en el atrio para que acompañe los despojos de Simón Bolívar hasta la última morada.

GENERAL

La muerte de un amigo desgarra el alma y es como si uno mismo fuera muriendo.. .apegado a él, el más valiente de cuantos compartieron conmigo el campo de batalla. Había que verlo en acción para sentir admiración; cuando cargaba contra el enemi­go parecía un centauro enfurecido. ¡Cuántas heridas en batalla las convirtió en rasguños, cuántos dolores en sonidos fieros!

CORO

Ahora se siente solo el General porque hoy despide a su mejor amigo; veintidós años a su lado, siempre luchando palmo a palmo por la vida; ya ninguno remplazará a Bolívar. Cuerpo a cuerpo lucharon por nosotros triunfar los vimos en mil batallas y coronados de gloria a galope recorrieron campos, cimas, pueblos y ciudades.

MÁRQUEZ

Decreto 92.345 de 17 de diciembre del quinto año del tercer gobierno del General por el cual se asigna una pensión vitalicia para los herederos de un héroe de la patria... Considerando el valor y el aporte de Simón Bolívar a la libertad, el Ministerio de Economía y Finanzas Públicas del General asigna una pensión vitalicia a sus herederos hasta la vigé­sima novena generación, por el monto de veinte canecas de miel mensuales producidas en los trapi­ches de San Lorenzo de propiedad del General. Cúmplase.

ANTINO FLÓREZ

Buena vida van a tener los herederos de Simón mejor la tendría yo con la miel en aguardiente.

BENITO HERRÁN

Yo pongo el alambique, y la miel del heredero en tapetusa, guaro y chicha con un poquito de calor gota a gota en puro alcohol irá llenando nuestros buches.

ANTINO FLÓREZ

Y a los hijos de Simón
que el mismo diablo se los lleve.

CORO DE PLAÑIDERAS

¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay!
¡Se nos murió Simón!
¡Ay! ¡ay! ¡ay! ¡ay!

CORO DE BORRACHOS

¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
¡Se nos murió Simón!
¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!

(Los coros se enfrentan en un duelo de llantos y carcajadas con el fondo de una música fúnebre. Entra el cadáver de Simón Bolívar.)

GENERAL

Hoy la patria llora y canta tus azañas veintidós años en tus lomos cabalgué sin fin. A la tierra hoy entrego tu cuerpo. La última batalla con gloria la has ganado y habrá descanso para ti.
(El General se sume un profundo éxtasis de dolor mientras el coro descuartiza el cadáver del caballo. Unos comen despojos, otros guardan las bridas y la montura, otros toman el cuero completo para hacer sus cambuches mientras continúa el duelo entre plañideras y borrachos.)

GENERAL

¡Silencio! Se decretan tres meses de silencio en todo el país en señal de duelo por la muerte de un héroe de la patria.

(Hay un largo, larguísimo silencio, con un repique lejano de campanas.)



CUADRO V

Es la fiesta del cumpleaños del General, hoy cumple ochenta años. El Ejército de los guerreros canta en honor al General, es un coro alegre con vivas y gritos, todos se han "vestido" como para la ocasión.

EJERCITO DE LOS GUERREROS

¡Feliz cumpleaños General!
¿Cuántos años General?
Hoy los cumples casi todos.
Ochenta años de poderes,
ochenta años de dolores,
ochenta años caminando
al contrario de éste mundo.
Ochenta años General!

EDECÁN

(Trae un pan francés lleno de velitas y un calabazo con chicha al General y a todos los guerreros) Feliz cumpleaños y que Dios lo conserve por siempre!

(Gritos y brindis mientras el General apaga las velas, todos caen sobre el pan y lo despedazan. A partir de este momento todos hablan con la boca llena).

LEOPOLDO VALDIVIESO

Leo a continuación la nota de la cancillería del Zar de todas las Rusias: "Excelentísimo señor General: Dios lo guarde por siempre. Su primo Nicolás." Y viene acompañado de un reglado. (El Edecán destapa el regalo que es un calabazo con chicha).

ANTINO FLÓREZ

Leo a continuación la nota de la Reina de la Corona Inglesa: "General, sus ochenta años honran a la Corona Británica. Reina Victoria".
  GENERAL
Esa es prima mía.
EDECÁN

Y el regalo, General.  (Otro calabazo con chicha)
   BENITO HERRÁN
Y del Gobierno Francés.
GENERAL
Y allá ¿quién gobierna?     
EDECÁN
No sé, General.
BENITO HERRÁN

"Ciudadano General, la República Francesa hoy en sus ochenta años lo adopta hijo de esta patria. Ciudadano Victor Hugo."

EDECÁN
Y el regalo.  (Un gran pan francés).

LEOPOLDO VALDIVIESO

Del Emperador Maximiliano: "Sólo la serpiente emplumada del Imperio compite con su gloria. Felicidades en su octogésimo aniversario. Maximiliano y María Carlota".

GENERAL
Es primo mío.
EDECÁN
Y el regalo.  (Otro calabazo con chicha)
GENERAL

(Dictando a su edecán) Escriba: "Mi caro amigo..." Y ahí pone -Nicolás, Victoria, Monsieur Hugo, Maximiliano, María Carlota y los otros que lleguen... "hoy en mi onomástico los llevo en mi corazón". Y me pasan las notas para la firma. Gracias a todos mis amigos de siempre.

CORO
(Cantando) ¡Feliz Cumpleaños!
¿Cuántos años General?
Hoy los cumples casi todos.
Ochenta años de poderes,
ochenta años de dolores,
ochenta años caminando 
al contrario de este mundo.
Ochenta años General!

UNA MUJER

(Entrando) General, ha nacido su hija, es una bella niña de ojos claros y pelo rubio.
GENERAL
¿Y cómo está Lucía?
MUJER
Feliz y muy bien, General.
GENERAL

Que bauticen a la niña con el nombre de Susana y dígale a Lucía que en el momento en que me desocupe estaré con ella y llévele esta medallita para la niña. (Se arranca uno de los galones)
(Vivas hurras al General).

EDECÁN

Llegó una carta, General, de la señora Elvira.

GENERAL
Ábrala.

EDECÁN

(Leyendo) "General, hoy es usted padre de una niña, es hermosa y se parece mucho a mí, lo espero, Elvira"

GENERAL

Escríbale a Elvira que la bautice con el nombre de Susana y envíenle esta medallita para la niña. (Se arranca otra medalla)

LEOPOLDO VALDIVIESO

¡Bravo por el General! A los ochenta y padre de dos niñas.

   ANTINO FLÓREZ

Y de dos vientres.   (Todos brindan y dan vivas al General)

EDECÁN

Y faltan más datos... Mire General, telegrama del sur. (Leyendo) "General (punto) Padre hermosa niña (punto) Nació día cumpleaños (punto) Catalina (punto).

GENERAL

Conteste telegrama (punto) Catalina (punto) llamarase Susana (punto) y envíele esta medallita a la niña (punto).(Se arranca otra medalla. Vivas al General)
EDECÁN
Y esta otra nota, General.
GENERAL

¿No será otra niña? (Ríe. Leyendo) "General es padre de dos bellas mulatas dignas de esta negra que lo quiere. Su Manuela".
LEOPOLDO VALDIVIESO
(Brindando) ¡Por las mellizas del General!
EJERCITO DE LOS GUERREROS
¡Viva el General en sus ochenta años!
GENERAL

(Dictando): Escriba: "Negra Manuela: bautiza a las mellizas con los nombres de Susana y Anasús." Y mándele estas medallitas para las niñas. (Se arranca dos medallas. A los guerreros). Ochenta años esperando un hijo y la naturaleza me manda cinco niñas al tiempo... Las guerras futuras las harán las mujeres. Las cinco Susanas del General nacieron para la guerra. Teniente Leopoldo Valdivieso expida un decreto ascendiendo al grado de Generallas cinco Susanas del General.

CORO DE GUERREROS

(Cantando)
La prole del General
a los ochenta llegó,
una Susana del Norte
y otra Susana del Sur.
Dos son negras azabaches,
una rubia y ojiclara.
Padre de la República
sin hijo varón se quedó.
¿Cuántos años General?
Hoy los cumples casi todos.
Ochenta años General.

EDECÁN

¡Seguimos la fiesta, General!

LEOPOLDO VALDIVIESO

No todos los días se cumplen ochenta años, General.

MUJER
Ahora, usted General, se sienta en esta silla que hoy vamos a representar para usted un sainetico.

(Todos los guerreros se disponen para actuar, preparan escenografía y empiezan el rito de los actores, el maquillaje y el vestuario, es patético el espectáculo, todos los versos deben sonar cojos).

EDECÁN

(Haciendo de presentador)
Hoy les vamos a presentar
una obra de teatro,
todo lo que decimos
es la pura verdad.
Sucedió hace mucho tiempo
aunque parezca muy actual.
Todos los personajes
 los inventamos hoy,
no sabemos si por eso
nos parecen tan reales.

(Todos los guerreros aplauden, el General desde su silla permanece en absoluto silencio y en actitud muy crítica).

SEGUNDO GUERRERO

Yo voy a ser al General,
difícil me resultará,
porque a duras penas llegué
 al grado de suboficial.

EDECÁN
Córrase para acá deje que pase el otro.
TERCER GUERRERO

Yo voy a ser el pueblo,
o mejor dicho no voy actuar.
Yo soy el más de malas,
hambre otra vez me tocará.
EDECÁN
Ese verso está cojo.
TERCER GUERRERO
Pero es la pura verdad.

CUARTO GUERRERO

Los curas no se podían quedar
sin asomarse por aquí
así que yo soy Monseñor
aunque nadie me lo crea.

QUINTO GUERRERO

Yo soy otro general
de esos de pacotilla
de los que hoy están aquí
y mañana quién sabrá.

MUJER

Yo soy la única novia
de ese primer General.
Como todas las mujeres
me tocará aguantar.

EDECÁN
Ahora recuerden bien:
Este es el General,
el otro de más acá
ese es otro general.
Ese que está en el medio
es el curita Monser.
El otro es sólo el pueblo
y la niña novia del General.
Yo voy contando la historia.

(Narra) Una noche en el Cementerio Central, el General citó a duelo a otro general.

MUJER
¡No, General!

PRIMER GUERRERO

Tú, novia mía, no tienes por qué aguantar los ultrajes de ese hideputa.

QUINTO GUERRERO

Si acepté batirme en duelo con usted, es simplemente porque la República no puede soportar un concubinato en uno de sus generales.

GENERAL

(Gritando desde su silla): No, eso no fue así. (Sube al "escenario "y quita al Quinto Guerrero) \ El honor merece mi sangre! ¡Y él no contestó nada! Se quedó mudo.

EDECÁN

General, esto es una obra de teatro.

GENERAL

(Bajando del "escenario" sentándose en su silla) Ya por eso. Está bien. (La representación continúa)

MUJER

¡No! General, no se bata en duelo por mí. Yo desapareceré de su vida. Usted no puede morir por mí.

GENERAL

(Desde su silla)   Eso si fue así.  Susana no quería que me batiera en duelo.

CUARTO GUERRERO

Generales, reflexionen, Dios es testigo supremo y no acepta el duelo.
PRIMER GUERRERO
Monseñor, ni Dios impedirá este duelo.
QUINTO GUERRERO
Monseñor, no trate de impedir el duelo.
GENERAL

(Desde su silla)   ¡No! ¡No! ¡No! i Él se confesó! ¡Él  se confesó!  Fue pendejo hasta para morir.
MUJER
No. No. General. No...
  EDECÁN

(Narrando) Y en estas llegó todo el pueblo. El duelo era secreto y al amanecer, pero todo el pueblo se enteró. Llegaron manifestantes de todo el país.
(Entra el Tercer Guerrero, trae una pancarta que dice: "Viva el General y viva la moza del General", el General desde su silla suelta una sonora carcajada)
                                        CUARTO GUERRERO       
Yo voy a ser testigo del retado.
TERCER GUERRERO
Y yo soy el testigo del General.
TERCERO Y CUARTO GUERREROS
Escojan armas, generales.
SEGUNDO Y QUINTO GUERREROS
¡Las pistolas, las pistolas !
GENERAL

(Desde su silla) No. No. Él no quería las pistolas, él era un cobarde. (El General se levanta de su silla, sube al "escenario" y ya no deja que el segundo guerrero interprete al general retador. Se inicia el duelo. Los dos generales se retiran a despedirse de sus deudos. El General se despide de Susana)

GENERAL

Susana, el honor está por encima de todo. Si muero en este duelo tu nombre quedará inmaculado y pasará a la historia como la mujer que siempre acompañó al General. Adiós. (La besa largamente)

TERCERO Y CUARTO GUERREROS
Saben las reglas...  El duelo es a muerte.
  CUARTO GUERRERO
 Dios es testigo.

TERCER GUERRERO
El pueblo es testigo.

(Quedan los dos generales frente afrente. Se miran fija y largamente a los ojos, dan media vuelta, se tocan espalda con espalda y dan los pasos de ley. Giran. Se apuntan mutuamente. Se miran al tiempo. Levantan sus pistolas y las descargan al aire. Susana se ha desmayado. Todos los guerreros lanzan vivas al General, lo cargan en hombros y al grito de "A Palacio" comienza un ruidoso, alegre y festivo desfile)






 CUADRO VI

Es la covacha del General. El Ejército de los guerreros está dormido por todos los rincones y el General está confundido con ellos, es el amanecer de una noche de rumba. Todo lo que sucede en esta escena es una pesadilla colectiva. La atmósfera y el ambiente son totalmente oníricos.
GENERAL

Que se levanten cadalsos en todo el Bosque de Miranda.

EDECÁN

(En sueños) No, General. No vale la pena fusilarlos. Usted puede mostrar ahora ese rasgo de grandeza que es el perdón y la tolerancia. Piense por un momento que la sangre ha corrido por sesenta años y que es hora de suspender la muerte y sólo usted podrá hacerlo.

GENERAL

Que se levanten cadalsos en todo el Bosque de Miranda y que en cada uno se cuelgue un marrano de las patas, marcado con el nombre de cada traidor y a medida que los noventa y dos marranos mueran, fusilen a los noventa y dos insurrectos. Yo mismo daré la orden de fuego.

EJERCITO DE GUERREROS

No, General, perdónenos la vida, le juramos serle fieles por siempre.

EDECÁN

Oiga General, su ejército de guerreros, ellos le suplican clemencia y le piden el perdón.  Más vale ser magnánimo, un día como tal pasará a la historia.

GENERAL

No tengo por qué perdonar a nadie. ¿O es que a mí me han perdonado algo? El perdón es el síntoma más grande de la debilidad humana.
EDECÁN
Pero el gesto más humano de los dioses.
GENERAL

Por fortuna no fui Dios, porque si no hubieran conocido a un Dios implacable... esos dioses que han inventado los hombres son totalmente imperfectos.

(Se izan diez marranos con los nombres de los traidores en la base de cada cadalso uno de los guerreros listo para ser fusilado)

EDECÁN

No, General...  No...  Suspenda la orden de fusilamiento.   Los marranos ya murieron.
GENERAL

Si vuelve a suplicar por ellos será el primer fusilado.
(Es un sonido de pesadilla, los condenados a muerte gritan insultos y súplicas al General, otros rezan. El General pasa por cada cadalso y hace rito de fusilamiento. Los guerreros van quedando en silencio)

PRIMER GUERRERO
General, recuerde nuestra amistad de tantos años.
GENERAL
No la olvidaré.   Apunten...   ¡Fuego!
SEGUNDO GUERRERO

Si me tocara de nuevo vivir, atentaría contra usted las veces que me fuera posible, General.

GENERAL

Y yo lo fusilaría igual número de veces. Apunten... ¡Fuego!

TERCER GUERRERO
¡Perdón! Soy su primo, General.
GENERAL
Yo también soy su primo. Apunten... ¡Fuego!
CUARTO GUERRERO
¡El General es un hijo de puta!
GENERAL
Y usted también.  Apunten... ¡Fuego!
(Todos despiertan asustados. La pesadilla ha pasado, el General está aterrorizado por sus sueños)

GENERAL
¡Ah! Esta maldita visión me ha perseguido por más de cuarenta años, esos cerdos chillando en el patíbulo, los quisiera olvidar. Si yo no fusilaba a esos traidores, ellos me habrían fusilado a mí.

EDECÁN
Ya no piense en eso, General...
GENERAL

Noventa y dos órdenes de fuego cada noche. Noventa y dos fusilamientos cada día, cuarenta años fusilando diariamente a los que alguna vez fueron mis amigos, pero que el sino los destinó a la muerte.

EDECÁN

General, luche ahora contra ese recuerdo y podrá olvidarlo.

GENERAL

Ya no es posible olvidarlo. Cuarenta años reviviendo noche a noche ese recuerdo. Más de catorce mil seiscientas noches de pesadilla son una huella imborrable... Los he visto catorce mil seiscientas veces suplicando y maldiciendo... Ya no puedo ser indiferente a ese recuerdo. Si hoy pudiera olvidar ese día, así fuera reviviendo a mis peores enemigos, lo haría, para evitarme una noche más... Si huyo del sueño es por el miedo de verlos otra vez, es el único miedo que he tenido en mi vida pero lo he tenido conmigo cuarenta años. He dejado de dormir por semanas, pero peor, en el cansancio de la vela se me aparecían más reales, más dolorosos y sus gritos eran más fuertes. Sólo con el trago he podido derrotar a esos fantasmas. ¡No! Regresen vivos recuerdos fusilados, pero déjenme en paz.¡No! ¡No! ¡No! (El General llora amargamente y reía con el ejército de los guerreros) Fusilados del Bosque de Miranda...
EJERCITO DE GUERREROS
¡Regresen ahora!
GENERAL
Ahorcados del Cañón de Cuaipú...

EJERCITO DE GUERREROS
¡Regresen ahora!

GENERAL

Muertos de la Batalla de Ríohondo, pasados a bayoneta...
EJERCITO DE GUERREROS
¡Regresen ahora!
GENERAL
Derrotados de la Guerra del Sur...
EJERCITO DE GUERREROS
¡Regresen ahora!
GENERAL
Traidores de toda la patria...
EJERCITO DE GUERREROS
¡Regresen ahora!
 GENERAL
Todos mis muertos de esta larga guerra...
EJERCITO DE GUERREROS
¡Regresen ahora!

GENERAL
¡Y tú. Susana, regresa ya!

(Todos van quedando profundamente dormidos, mientras el General camina como alma en pena sobre los cuerpos fatigados de su ejército de guerreros. Aparece el fantasma de Susana)
SUSANA
Ven General, aquí te espero.
GENERAL

Quiero que regreses Susana, quiero tenerte a mi lado como cuando en la campaña de Ladera me acompañabas en las noches en mi tienda y hacíamos el amor interminables veces y al amanecer me vestías con mi uniforme de milicia para terminar tu rito erótico sola y me esperabas desnuda en las noches para curar los rasguños del combate y sanar mi cuerpo cansado.

SUSANA
No desperdicies una sola fuerza, General. Aquí te espero. Sé lo que necesitas y aquí te he esperado casi sesenta años para estar contigo y darte el gusto que ninguna mujer en este tiempo te dio.

GENERAL

No creíste, Susana, nada de lo que te dijeron de mi, ¿verdad, verdad?

SUSANA

Todo lo creí General; de ti todo era posible y siempre lo esperé.

GENERAL

No, Susana.

 SUSANA

Sí, General.

 GENERAL
No fui yo, Susana.

SUSANA

Si fuiste tú, General, pero ahora qué importa... Cuando llegué al Puerto y me sentí tan sola... Es cierto todo lo que te escribieron, General.
GENERAL
No lo digas, Susana.
SUSANA

Ahora sí, General... cuando desterrada por las envidias me mandaste al Puerto... fue cierto lo que el Teniente Pinillos te escribió... ¡Quién podía remplazarte!... no te fui infiel un solo momento, pero esta maldita naturaleza no podía olvidarse de ti. ¿Qué culpa tengo de haberme acostumbrado a tí? El Teniente Pinillos nunca entendió... Jamás General me acosté con un amigo tuyo, preferí acostarme con la tropa, ellos no sabían quién era yo, o acostarme con los condenados a muerte pues ellos ya se iban y se llevaban el secreto. ¿Sabes, General? Sólo los condenados a muerte, en capilla, fueron capaces de igualarte, como si en ese instante final quisieran vengarse y destruirte, pero siempre con ellos estuve contigo, General.

GENERAL

(Llorando) No, Susana, no quiero oír más! ¡Hace tanto que no existes para mí! No más, Susana.

SUSANA

¡Más, General! ¡Más, General! ¡Qué pena decirlo ahora, General! ¡Qué cobarde fuiste! Dándole gusto a los curas y a Dios no fuiste capaz de sostener tu concubinato con una puta y preferiste las glorias y la soledad del poder, ¡Pobre General! Cuando sabías que necesitabas una puta como yo para desafiar ese pedazo de mundo que te derrotaba día a día; por eso me mandaste a escondidas al Puerto...

GENERAL

(Llorando) ¡No es cierto Susana! ¡No es cierto! Te adoré Susana, pero... Dios, ahora no!

SUSANA

Pero te estorbaba General... Cuando Pinillos me comunicó la orden de mi fusilamiento entendí todo General, en el momento del tiro de gracia, porque no morí con la primera descarga, sólo tenía en mis labios un beso para tí, y en el pañuelo del Teniente Pinillos y con el hilillo de sangre que brotaba de mi boca, estampé mis labios para que ese beso fuera el recuerdo para mi General.

GENERAL

(Mostrando el pañuelo) Aquí está tu pañuelo Susana, siempre lo llevé encima.
SUSANA
Aquí te espero General, adiós. (Trata de irse)
GENERAL

Todavía no Susana, cuarenta años sin verte y ahora...

SUSANA

General, sé que mi cuerpo no dejó huella en este mundo, no lo dejaste enterrar ni incinerar, diste la orden de que fuera devorado por los caimanes del río para borrarme y así Susana no vivió para tí en cuarenta años: pero aquí te espero...

GENERAL

Susana, pero tu corazón... (Saca un frasco en donde está el corazón de Susana)
SUSANA

Adiós General... aquí te espero. (Sale el fantasma de Susana)

GENERAL
Dios... (El General está sumido en un profundo estado místico v reza. Bruscamente)  Dios ¿por qué permitiste que le hiciera eso a Susana? ¿Odias el amor? Esa mujer fue mi mujer, puta y todo pero fue mi mujer y así la quise y por darte gusto a Tí y a tus curas y a esos godos enfermos la alejé de mí y ahí todo... no... (Llora)


CORO DE GUERREROS

(Cantando) El Pobre General amó,
nadie pensó que lo pudiera hacer.
Susana Llamas la putica hermosa
hasta su muerte amó al General.
El la mandó matar,
ella siempre lo recordó.
el corazón de Susana
en un frasco con alcohol
lo guardó hasta su muerte
el pobre General;
pidió que con él lo enterraran
muy apretado a su pecho.
Hay dos heridas en ese corazón:
el olvido del General
y una bala que él mismo ordenó.
Y creer que todo el mundo pensó
que no había podido amar.
¡Ah! Susana y el pobre General.





 CUADRO VII

Hay un gran alboroto en el coro de guerreros, el único que permanece en absoluta calma es el General.

GENERAL
¡No quiero defenderme, si me quieren que vengan por mí!

LEOPOLDO VALDIVIESO
(Al edecán) ¿Por qué no calma al General? ¡Hoy si está más insoportable que nunca!

EDECÁN

Ahora que se emborrachó y comió de cuenta de él ya si no se lo quiere aguantar. Entonces ¿para qué vino? Usted sabe muy bien como son las reuniones aquí donde el General, no es la primera vez que viene! ¿Qué espera?... Si el General quiere que hoy sea el golpe de estado, entonces hoy será el golpe de estado y todos vamos a participar en él. Cuando sellamos el pacto de seguir al General hasta la muerte la única condición que pusimos fue que quien nocumpliera sería ejecutado y si hoy alguno de ustedes quiere abandonar al General se las ve conmigo. Aquí tengo la llave de la puerta y si alguien la quiere me tendrá que matar.
CORONEL MÁRQUEZ

(Al General) Dé orden de defender el Palacio, todavía hay tiempo de rechazar el ataque y defender al Gobierno de esos conspiradores, no se empeñe en la derrota, General... Si usted quiere podemos fácilmente dominar la situación...

GENERAL

¿No le he dicho que no me dirija la palabra? Ya no hay tiempo... Ya no hay tiempo...
CORONEL MÁRQUEZ
General, no se empecine; aún hay tiempo.

GENERAL
Ya no hay tiempo...
CORONEL MÁRQUEZ

General, lleva diez y ocho horas y veinticinco minutos repitiendo que no hay tiempo...
GENERAL

Ya no hay tiempo... O mejor: ¡Yo ya no tengo tiempo!

CORONEL MÁRQUEZ

General, los radicales enviaron una delegación para brindarle su apoyo al Gobierno y se ponen a su disposición para luchar contra los sediciosos...

GENERAL

Ya no son horas de brindar apoyos. Cuando fui a ellos y les pronostiqué lo que venía, entonces, no creyeron y pensaron que era mi mente senil la que soñaba con golpes de estado y sediciones...
CORONEL MÁRQUEZ
General, recíbalos ahora...
GENERAL
No, ya no vale la pena. Todo esto es una miseria. Y cuántas veces más tendré que sacar adelante a esos cretinos partidistas; hoy crean un partido para luchar contra mí, mañana crean otro y después otro... Ya no es posible poner de acuerdo a todas esas sociedades de estúpidos que bajo los nombres más extravagantes se reúnen en secreto para desbaratar lo que los pocos sensatos hemos creado. Que se queden con todo, ya no quiero nada.

EDECÁN

General... General, la sedición fracasó. Fue postergada.

GENERAL

¡No!  No puede ser, ¡carajo! ¿No hay quién? ¡Manada de incapaces!

BENITO HERRÁN

Dicen que el sastre no entregó la banda para el nuevo Presidente y por eso aplazaron el golpe.

GENERAL

Ahí están dibujados de pies a cabeza... (Quitándose la banda presidencial) Si es una banda lo que necesitan, aquí está la mía, ya no la necesitaré más... Mande un mensajero a la casa de las Valenzuela, que es donde se reúne la sociedad del Santo Trisagio y que le entreguen a doña Domitila la banda presidencial. . . ¡Que se apuren que no aguanto más, carajo!
EDECÁN
General...  Nos han dejado solos.
GENERAL

Me han dejado solo, querrá decir. Edecán. Usted está conmigo...  Yo no estoy con nadie.

CORO DE GUERREROS

Como usted, estamos solos;
usted está con nosotros,
nosotros lo defendemos.
Tantas veces, General,
usted fue nuestra ayuda,
ahora sólo queremos
que gobierne por nosotros.

GENERAL

Si ellos no fueron capaces de dar el golpe, yo les enseñaré como se hace. Venga acá Valdivieso, tome esta pistola, colóquemela en la sien izquierda y repita conmigo: General... (Valdivieso repite cada frase del General) por el bien de la patria... hemos decidido... las sociedades secretas... deponerlo del cargo de Presidente de la República... a partir de este momento es usted preso de las fuerzas revolucionarias... hasta que se juzguen sus actos y se dicte sentencia.(Llama a fierran) Ahora usted, tome estas esposas y repita conmigo: Permítame, General, su muñeca derecha(Herrón repite y ejecuta lo ordenado por el General) y ahora la izquierda y perdóneme General. Señores hago entrega de la Presidencia de la República sin disparar un solo tiro. Ustedes no se merecen ni eso y la patria no tienepor qué sufrir más. Son ustedes una zarta de traidores que tal vez su dios los perdonará algún día. Todos los que fueron mis amigos están aquí hoy, no falta ninguno. Pensar que el único que no apoyó el golpe fue el Coronel Márquez, él y yo vamos a presidio, seremos juzgados y condenados por los que fueron nuestros amigos... Sólo quiero decir una palabra más: ¡Hijos de puta! Y ahí les dejo ese paisito de mierda!

CORO DE GUERREROS

General, empecemos otra vez.
Otra vez gritemos: ¡A Palacio!
Comencemos nuevamente la aventura,
a ser Presidentes y Ministros.
¡Juguemos otra vez!



 CUADRO VIII

El General está en su covacha que ahora se ha convenido en su prisión; juega ajedrez con su "Ministro de Economía", el Coronel Márquez. Su edecán anuncia las jugadas y el ejército de guerreros es testigo de la partida.

EDECÁN

(Después del sorteo de las piezas) General, usted juega con las blancas.
GENERAL
Siempre he jugado con las blancas.

EDECÁN

¡Juegue, General! (El General abre la partida) Blancas, peón-cuatro rey. (Márquez hace su movida) Negras, peón-cuatro rey. (Son varias jugadas, los contrincantes permanecen en absoluto silencio, el edecán canta las jugadas)

GENERAL

Esa dama está amenazada por el alfil... (El General se levanta de su silla y observa el tablero desde distintos ángulos. Márquez se siente incómodo)
CORONEL MÁRQUEZ

Dígale al General que se siente, que así no puedo jugar. (Márquez hace su jugada, el General no se está quieto).
GENERAL
Esa maldita torre está en peligro...
CORONEL MÁRQUEZ
Dígale al General...
EDECÁN
General, por favor...
CORONEL MÁRQUEZ
Ahora no estoy para hacer favores...
EDECÁN
General..
    GENERAL

¡¿Qué?!
    EDECÁN
General, el Coronel Márquez le solicita que se siente.

    GENERAL

¿Quién puede estar sentado cuando la dama está amenazada por un peón y ese maldito obispo quiere tomarse la torre?
CORONEL MÁRQUEZ
General, es sólo un juego.
GENERAL
¡¿Cuántas veces, maldita sea, le he dicho que no me dirija la palabra?!

EDECÁN

General, cálmese. Mejor, ¿por qué no se toma su agua de cidrón?
GENERAL
No son horas de tomar agüitas.
CORONEL MÁRQUEZ

¡ Así que hay horas para tomar aguas y hay horas para gritar y estas son las horas de gritar!
GENERAL

¡Dígale al Coronel Márquez que desaparezca de mi vista, que no quiero verlo aquí!
EDECÁN

General, es imposible, es su compañero de celda.

GENERAL

(Que durante toda su discusión no ha quitado los ojos del tablero de ajedrez) Una torre amenazada, hay que avanzar con la artillería por el flanco derecho. La infantería que espere en la retaguardia... detrás de la colina. (El edecán toma una ficha para moverla) Estafeta: Di orden de que la infantería esperara detrás de la colina, que no se mueva ni una yarda, que espere mi orden... Ordenanza: que suene la trompeta para que la caballería despliegue su movimiento envolvente sobre el valle y para que la artillería desplace las piezas mayores cerca a la línea de fuego y que icen la bandera roja para que la infantería avance... (Ya el General está dirigiendo una batalla, se sube a la mesa de juego, tiene sable, catalejo y planos, el edecán es a la vez estafeta, ordenanza, tambor mayor y portador de banderas. El ejército de guerreros juega a la guerra).

CORO DE GUERREROS

¡Qué bella es una guerra
en donde no haya muertos!
Jugar a la guerra es juego de niños,
hacer una guerra es cosa de locos.
Juguemos a la guerra con el General loco.
Después de tantos años,
jugar a la guerra no es cosa de niños;
recuerdos terribles:
Infantería.
Artillería.
Caballería.
Son recuerdos de fantasmas
y muertos lejos.
¡Qué bella es una guerra
en donde no haya muertos!
GENERAL

(Arenga a su ejército) Ejército de valientes: Esperen m i orden para salvar a la patria. ¡ Sólo ustedes podrán hacerlo!

ANTINO FLÓREZ

Ahora le dio al General, otra vez, por jugar a la guerra.

LEOPOLDO VALDIVIESO

Sigámosle la piola. (Dando una orden) ¡Al ataque! (Atacan al General con mil objetos)

GENERAL

La más furiosa carga del enemigo será desbaratada con la inteligencia militar. Que la caballería avance hasta la colina, la infantería se coloque en la ladera izquierda, que la artillería tome una avanzada y ya que la marina no puede llegar hasta aquí, usted y yo avanzaremos por el flanco derecho. Dé las órdenes. (El edecán toca trompeta, iza bandera y redobla tambores).

LEOPOLDO VALDIVIESO
Hay que seguirle el juego al General hasta que se funda del cansancio. ¡Al ataque! (Carga de objetos contra el General, esta vez recibe un fuerte golpe a la mandíbula)

GENERAL

Si su General está herido, no es el fin de la batalla. Ustedes son los responsables de la victoria.
(El ejército de los guerreros rodea al General herido)

EDECÁN
General…
LEOPOLDO VALDIVIESO

¡Ay, ay carajo, siempre le di!

GENERAL

Edecán, tome este mensaje para el Estado Mayor: (Dictando) Hoy una nueva victoria se apunta la República. Los indios que apoyaban a los realistas fueron derrotados... Por fin puedo descansar. (El General descansa)

CORO DE GUERREROS

Ni los años ni el cansancio domaron al pobre General, hizo la guerra, jugó a la guerra y finalmente siempre perdió.

MÁRQUEZ

(Acercándose al tablero de ajedrez) Dígale al General que- jaque mate.




CUADRO IX
El cadáver del General va sentado en una silla de manos, lleva todos sus atuendos de poder, el ejército de los guerreros desfila tras él, conteniendo toda la rabia que produce la muerte. El desfile es acompañado por ese solo de trompeta que suena en las procesiones del Santo Sepulcro, por primera vez la escena es fuera de la covacha del General.

EJERCITO DE GUERREROS

(Canta, es un lamento)
¿Qué haremos General sin tu locura?
El pobre Ejército de los Guerreros
ha sido licenciado por tu muerte
y vagará sin rumbo por el mundo.
¿Qué haremos ahora sin tus fiestas,
sin tus cuentos, leyendas y aventuras;
sin tus grandes y largas borracheras,
sin tus sueños, verdades y mentiras?
La muerte dominó tu voluntad,
no pensamos que lo pudiera hacer;
nos ha tocado presenciar el fin.
Tus fantasmas, visiones y recuerdos
volarán escritos en el aire
y tu Susana... te acompañará.

Es una marcha fúnebre, dos pasos adelante un paso atrás, al compás de un redoble de tambores y el lamento desgarrador de: "¿ Qué haremos General sin tu locura?", que se repite aún después de apagada la luz.




FIN